Dicen que la vida está para vivirla. Esta es, en mi opinión, una verdad a medias.
Por un lado es cierto que tienes que vivir tu vida y no dejar que la vida te viva a ti, que tienes que hacer de este don que te ha sido regalado una gran obra de arte, un completo espectáculo. Que la vida está para vivirla, claro, es una historia de la cual cada uno tiene que ser el protagonista tejiendo los hilos y entresijos de sus propias aventuras.
Sin embargo, el cómo hacerlo es una pregunta que revolotea por mi mente sin cesar. Solía plantearmela muy a menudo hasta que este fin de semana, como caída del cielo, me vino la respuesta. Solo es un buen protagonista aquel que no es un medias tintas. Por medias tintas se entiende aquel que hace lo que el resto, el que sigue la corriente por el mero hecho de no ir contra la mayoría. Odio eterno a los medias tintas. Solo es un protagonista valioso el que va a contracorriente, el que pasa por la vida marcando, dejando huella.
Dejar huella... eso si que es algo importante, primordial diría yo. Cuántas caras hemos visto a lo largo de nuestra existencia, cuántas personas se han cruzado en nuestro camino y, sin embargo, nuestra memoria solo ha retenido unos pocos rostros, unas pocas personalidades. Sé que os estaréis diciendo, "tiene razón", mientras el murmullo de vuestra conciencia plantea un inconsciente "¿porqué?".
La respuesta es simple. Es ese brillo en sus miradas, el secreto que parecen esconder sus sonrisas, su gestualidad, su forma de afrontar la vida, de escuchar... por algún motivo u otro les hacen a nuestros ojos personas especiales. Algunos destacan por su fortaleza, otros, por su vitalidad, o por su serenidad, por su mirada, por su forma de tratarte... y luego hay personas que simplemente están tan llenas de Dios que, al mirarlas, no puedes más que verle a Él.
Estos últimos días he vuelto a tomar conciencia de que la vida es un gran regalo que nos ha sido dado para hacer de ella algo maravilloso, algo especial. No hay que dejar que la vida pase de largo sino que hay que pillarla al vuelo y moldearla para hacer de ella la obra más hermosa, la más especial. No tienes que ser bueno, el mejor, no importa que no seas un gran artista, el talento está oculto hasta en los detalles más pequeños. Solo lánzate, date una oportunidad para exteriorizar, y mostrar al mundo lo que hay en tu interior y así te sorprenderás y verás que tienes la capacidad de hacer algo bello pues el resultado no será más que el reflejo de tu interior.
Se esa persona que va a contracorriente, que no sigue a la mayoría.
Se la excepción, esa persona que rompe con los prototipos de la sociedad, el raro, el original.
Se la cara que queda grabada en la memoria sin motivo aparente.
Se ese almendro en flor que aparece en el mes de febrero, antes de tiempo, y que trae consigo los más dulces pensamientos.
Se la sonrisa sin motivo, las palabras de aliento en momentos de desconsuelo.
Se la esperanza, la alegría.
Se tu mismo y muéstrate así al mundo.
Deja que todos vean en ti la persona que quieren llegar a ser, que todos vean a Cristo en tus palabras y tus acciones.
Se un ejemplo para los demás.







