jueves, 20 de febrero de 2014

Detrás de lo bueno, algo mejor

Hoy quiero hablar de renuncias, de renunciar. Renunciar a la comodidad, renunciar a lo fácil, renunciar a lo pasajero, renunciar a lo bueno para alcanzar algo mejor. 
Hoy quiero hablar de renunciar a nosotros mismos. 
Vivimos en un mundo de engaños en el que nos pintan lo fácil, accesible y cómodo como lo bueno.
No digo que tal vez no lo sea, pero creérselo a ciegas es rebajarse, es, sin lugar a dudas, conformarse. 
Porque tal vez sea bueno, sí, ahora, en mi zona de confort. 
Tal vez sea una forma de satisfacer esa necesidad inmediata y caprichosa. 
Pero hay más. 
Siempre hay una meta, algo que supere lo bueno, algo que sea mejor. Y esa meta, ese anhelo, está intrínseco en el corazón humano, inflamándolo, motivándole a superar cualquier obstáculo, a levantarse ante cada caída y a superarse a sí mismo. 


Es la impaciencia del corazón. El quererlo todo, el pretender que sea fácil, que del día a la mañana todos nuestros planes imaginarios se plasmen en nuestra vida y se hagan realidad. Son la impaciencia y la comodidad del corazón, ellos son los culpables de toda frustración. Y esa frustración es tentadora así como también lo es la autocompasión, el centrarse en uno mismo y en todas y cada unas de nuestras limitaciones que pensamos nos impiden ser todo lo felices que podríamos llegar a ser, mientras dejamos de lado, olvidadas y desvalorizadas, todas las cosas que ya tenemos y que nos bastarían para ser felices.

Y cabe decir que es absurdamente injusto no ser feliz. Porque lo tenemos todo, tenemos en nuestras manos todos los ingredientes para ser felices. Así lo ha querido Dios. Puede que, mirando a nuestro alrededor, nos parezca que tenemos más o que tenemos menos que otros pero la realidad es que tenemos justo lo que necesitamos, cada uno, individualmente, en nuestra vida y nuestra circunstancia particular. Digamos que Dios es como un chef de primera: cocine lo que cocine, use los ingredientes que use, el resultado siempre será un delicioso manjar. Pues lo mismo pasa con nosotros. Cada uno es un plato exquisito, con diferentes ingredientes, diferentes instrumentos, diferentes tiempos de preparación... pero al fin y al cabo somos criaturas perfectas de Dios. Y Dios nos pide que seamos felices con lo que nos ha dado, con el plan personal que nos ha forjado a cada uno. No aprovecharlo, no disfrutarlo... es injusto. 
No ser felices es injusto. 
Y egoísta.

Seamos descentrados, salgamos de nosotros mismos, olvidemos nuestros problemas, renunciemos a nuestras preocupaciones. Renunciemos a nosotros mismos. Dejemos todo en Sus Manos, Él es el gran cocinero, dejemos que Él se ocupe de moldearnos según Su Voluntad. Porque la fe no es creer en Dios, sino descubrir que Dios cree y actúa en ti todos y cada uno de los días de tu vida. 

Dios nos quiere, y cuanto mayores sean nuestras caídas, nuestras imperfecciones y nuestra pequeñez, más nos tiende sus brazos de padre para que nos refugiemos y descansemos en Él. Porque quiere prepararnos, hacernos sencillos, humildes, vasijas de barro... para que así le dejemos actuar en nosotros y a través de nosotros le glorifiquemos. 
"God can do whatever He wants to do, however He wants to do it. And He chooses to work in our lives because He loves us. He's good. Hope today's a milestone for what He can do for the rest of your life if you trust Him." -Facing the Giants-

Seamos felices, renunciemos a nosotros mismos, seamos descentrados, busquemos a Dios día a día en las caídas, crezcamos con Él, en Él. Porque Él tiene la receta de tu santidad y está esperando a que tú le busques, le abras tu corazón y le dejes cocinar.