miércoles, 30 de diciembre de 2015

Cada año, cada día


Detrás de todo principio hay un final, y para que algo termine, antes tiene que empezar. 
Sentimos siempre la presencia de ese telón que, al levantarse en el primer acto, queda suspendido, amenazando con caer tras el último, para no volverse a alzar. Y vivimos con esa sombra, ese sentimiento de aprensión, de angustia a que la obra termine. Pero el fin no es más que el principio, o lo que nosotros queramos que sea: el principio de un recuerdo, el comienzo de una nueva historia, un nuevo capítulo o el principio del fin de otra aventura. 
O un mero trámite sin más.

Y es que entre principio y fin se despliega un abanico de posibilidades. Nuevas escenas, capítulos, movimientos, luz, música, gestos, colores, sensaciones, sentimientos, ritmos y conversaciones. Hay días, horas, minutos y segundos. Cifras infinitas. Hay siglos de Historia, de riqueza y de sueños, cumplidos y sin cumplir. Hay ciclos idénticos, patrones que se repiten con sus principios y finales… y ninguno es del todo igual. Cada año es diferente y cada día, dentro de su monotonía, en la que el sol se levanta y vuelve a acostarse, y nosotros con él, también lo es.

Inviernos, primaveras, otoños y veranos se suceden impasibles. Y sin embargo, en primavera, las flores no tienen un día fijo para sorprender a las calles con su luz, ni en otoño los colores de las hojas tienen la misma manera de desprenderse. Tampoco el azul del mar embriaga con igual intensidad, ni las olas al romper siguen el mismo compás.

Porque ninguna de las cosas que parecen iguales a nuestros ojos lo son en realidad. 


Tampoco nosotros. No pensamos igual, no miramos igual, no reímos igual ni tenemos los mismos sueños. Nuestros sentimientos no son los mismos y, cada año, terminamos con un corazón que ha amado, dado, entregado, recibido y abrazado más de lo que había esperado. Cada año nuestro corazón es ensalzado por la belleza, sobrecogido por la inmensidad, plenitud e infinitud del Amor. ¿Cada año? Cada día.

A cada momento, vivimos la eternidad. Porque el amor que se ha dado un día, se ha dado para siempre. Y es que, el Amor, hace eternas todas las cosas. Es la fuerza que mueve el mundo, la luz que ilumina nuestra vida, el motor de nuestros actos, la plenitud que nuestro corazón anhela. A fin de cuentas, somos indigentes, vulnerables, necesitamos del otro, el ser humano necesita de otros. El ser humano tiene sed de entrega y tiene sed de Amor.
Y aquél que tenga valor para reconocerse necesitado, no conocerá el final, sino que se sumergirá de lleno en una Historia con un principio mucho anterior a su existencia que le conducirá a la eternidad de una vida en el Amor.

Así que cuando sientas que te aproximas a un final, cuando intuyas que hay un libro que está a punto de cerrarse o sospeches que un camino llega a su fin:
Ama hasta la locura.
Ama hasta que duela. 
En definitiva, Ama, y haz lo que quieras.

Porque cuando llegue el final y seamos despojados de todo, lo único que quedará será el Amor. Porque cuando llegue el final y seamos despojados de todo, lo único que quedará será Cristo.


lunes, 2 de noviembre de 2015

La belleza del mundo

Las gotas, ligeras, golpeando las hojas de los árboles a un compás irregular, creando, en un susurro, una sinfonía de sonidos. Los rayos de luz sin cejar en su empeño, tratando de abrirse paso entre las nubes. El ruido de la lluvia martilleando mi ventana, las puntas de los árboles desteñidas por el otoño. A mi lado, una taza de café, en el corazón, la certeza de que el ser humano está sediento de belleza. 

Nos referimos a la belleza como «propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual». Y a mi no me convence. 
No creo que la belleza esté allí donde estén las cosas, no concibo que sea una propiedad como tal, sino que la belleza está ahí, es. La belleza es eterna porque, antes de que hubiese nada, la belleza ya existía.

Sí, codiciamos la belleza. No nos preocupamos por definirla, sólo por encontrarla y ser capaces de reconocerla. Por eso, a diario, emprendemos un viaje en su búsqueda, una búsqueda en la que no somos del todo inexpertos pues, en el fondo, a la belleza todos la conocemos bien: se esconde bajo las formas más diversas, es subjetiva, alegre, sincera, auténtica, sencilla...Le habla a nuestro corazón, despertando en él el anhelo de no dejarla escapar, el deseo de sumergirse en ella, de mimetizarse con ella y ser bello también.

Viajamos. Vivimos. Descubrimos. Y esta belleza parece hacerse más evidente, se manifiesta con fuerza ante nosotros en aquello que es distinto, misterioso, en lo que no conocemos. Rincones del mundo, vírgenes, salvajes, lugares desconocidos en los que el silencio, cómplice, nos invita a la contemplación. Rincones del mundo y de la personalidad. Viajamos a diario, a través de los sueños, la imaginación, los recuerdos; a través de la mirada, de los sentidos... A través del Amor. Así, sorprendemos a la belleza, viajando escondida, huyendo de la monotonía, en cada conversación, en cada persona con la que nos encontramos y en cada cosa que hacemos, y por eso, las cosas nunca son sólo cosas.

Muchas mañanas me reciben con el abrazo del amanecer, otras veces son las tardes las que, nostálgicas, me dejan un dulce sabor de boca con su atardecer. Y son esos momentos, cuando los colores envolventes llenan mi retina con su calidez, en los que mi alma se estremece al ser consciente de estar contemplando algo que el ser humano no puede crear, al sentir que «sólo Dios es capaz de crear obras maestras, absolutamente únicas, mientras que el Hombre sólo sabe imitar.»


Sí, la belleza es eterna.
Y entiendo que Dostoievski dijera que la belleza salvará al mundo, porque es cierto que «la verdad se detiene en la inteligencia, pero la belleza penetra en el corazón».  

El Hombre es bello, y puede tratar de crear belleza y hasta de darle una explicación, una definición, puede decir qué es, pero no por qué es. 
La ausencia inmediata de respuesta a ese porqué conduce irremediablemente a plantearse que, si la belleza responde a un para qué, tendrá que haber un quién. Y al preguntarme para qué existe la belleza, por qué cada tarde el sol se va, dejando el cielo en llamas, no puedo sino maravillarme al escuchar que la respuesta que late con certeza en mi corazón es: para tí.

Y así, la belleza del mundo, me sumerge en lo hondo del Amor de Dios.

Sí, creo que la belleza del mundo, la de las personas, la de sus gestos, la de la naturaleza, en definitiva, la de la Creación, es la belleza de Dios, es Su Huella. Es el regalo que el Hombre busca poseer y olvida admirar, que busca doblegar y deja de alabar. La belleza es la Voz que despierta algo en nosotros, porque es una voz familiar, que reconocemos, a la que pertenecemos: la Voz de Aquél que ha plasmado Su belleza en nuestra alma.


Vídeo: LA BELLEZA DEL MUNDO 
Dirección: Alejandra Barrenechea-Mercedes Sagüés-Iciar Urcelay
Fotografia: Nacho Pérez de Guzmán
Inspirado en "Autorretrato con Radiador"; Christian Bobin.

sábado, 2 de mayo de 2015

Under the willow tree

Plantar un sauce llorón en mi jardín. ¡Qué no soñaría yo si tuviese un jardín en el medio del cual se alzase un sauce llorón!

Uno grande, de esos con años e historias, con ramas que, livianas y perezosas, cayeran en cascadas hasta rozar el suelo. Tener que apartarlas para adentrarme en su sombra, sentarme entre sus raíces y recostarme en su tronco dejando pasar las horas acompañada, tal vez, de un buen libro.

En las tardes de primavera cerrar los ojos para escuchar el ruido del viento meciendo las ramas, percibir la melodía de la naturaleza al atardecer, sentir que la brisa que oigo, siento, y sin embargo no veo, es tan real como cada latido de mi corazón. En las mañanas de verano cobijarme bajo sus ramas y su sombra para huir del calor. Esconderme, refugiarme a sus pies y ahí, sentirme pequeña, segura y confiada para dejar mi mente volar y soñar. Y en ese preciso instante, tomar conciencia de que estoy viva, sentir que todo a mi alrededor está vivo y que ya lo estaba mucho antes que yo. Saber que cada latido de esa tierra y cada soplo de ese viento son los que me insuflan vida y sentir entonces que esa vida es un regalo y que poder vivirla es un privilegio. 


Nunca antes pensé que vivir fuese un privilegio y lo cierto es que, hoy, así me lo parece. Al mirar a mi alrededor no sólo veo toda esa vida que en su seno nos acoge, sino también todo ese extraño empeño del ser humano en acabar con ella y, como dijo Victor Hugo, produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.

En mi mente aflora la idea de que tal vez yo podría haber sido otro de esos niños que no nacen porque sus latidos son demasiado tenues y sus cuerpos demasiado menudos para que alguien se atreva a reconocer que están vivos y merecen nacer. O, tal vez, mi sangre podría estar bañando la arena de alguna playa del Oriente Próximo por afirmar que hay una Sangre que se derramó por Amor por nosotros y que, cada día, limpia el pecado del mundo.

¿Cómo no sentirme privilegiada si ha sido esta la vida que me ha sido regalada?

Sé que me repito, que a menudo hablo de que nada tenemos que no hayamos recibido pero, lo cierto es que no puedo evitar que esta idea me remueva por dentro, porque, ¿acaso ante tal privilegio no debiera yo perder mi vida, darla, devolver cuanto he recibido para tratar de ganar la eterna?
Dice San Agustín que si no quieres sufrir, no ames, pero si no amas, ¿para qué quieres vivir?
Si lográsemos que nuestra vida fuese pura expresión de Amor todo el mundo vería el rostro de Dios, nadie podría decir que no le conoce, y todo el mundo encontraría Su presencia tan real, que viviríamos, realmente, el Cielo en la Tierra.

Bajo la sombra de mi sauce llorón la incertidumbre ante esta verdad agita mi corazón haciéndome tomar conciencia de mi pobreza y pequeñez. Y una frase de mi niñez vuelve con timidez a mi cabeza recordándome que no siempre el camino correcto es el más sencillo.

Efectivamente el camino del Amor no es el más sencillo porque, cuando se ama, se sufre, y sin embargo, es el amor lo que da precio a nuestras obras, nos recuerda San Francisco de Sales.

Y por eso hoy te quiero decir que no tengas miedo a adentrarte en ese camino y que, si lo haces, tan solo hazlo con sencillez y confianza, consciente de que ya estás salvado, y que no caminas solo puesto que todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.


Abre el corazón
Y lo entenderás.

lunes, 2 de marzo de 2015

Existe el amor, lo demás no es real


El universo grita, queriendo llamar nuestra atención, y mientras, como si estuviésemos sordos y ciegos, caminamos cabizbajos obcecados en conocerlo todo, en buscar la causa última de nuestra existencia, el porqué y el inicio de todo cuanto conocemos. Así, cada día, caminamos ignorantes, sin ver ni oír la melodía del mundo que con cada amanecer nos ofrece un abanico de colores y matices sorprendentes. 

Pero si todo lo supiésemos, si todo lo comprendiésemos, si para todo tuviésemos un porqué, si a todo le encontrásemos una explicación... las cosas dejarían de ser como las conocemos y seguramente perderíamos ilusión en el vivir. La vida perdería su misterio y su carácter constructivo, sí, dejaríamos de crecer y desaparecerían los obstáculos a vencer, pues para todo tendríamos respuesta, una ecuación que resolviese el problema cuando la verdad es que los problemas que no podemos resolver son los que más nos engrandecen.

Vivimos la vida con la mirada fijada en un horizonte que no termina, y si la redujésemos a una mera ecuación, este horizonte quedaría truncado y chocaríamos así contra un panorama finito y unos sueños limitados. Y aun así, el hombre, en su gran ego y orgullo, busca controlar todo, busca comprender a Dios, viviendo en un constante planteamiento del porqué, y al hacerlo, entorpece Su Obra. 
El universo grita, queriendo llamar nuestra atención, con su belleza, su grandeza, porque no se resiste al Amor de Dios, porque no pone barreras a Su Mano laboriosa. Y lo cierto es que si nosotros nos dejásemos moldear, seríamos testimonios vivos de los más grandes milagros. Hay corazones que ya lo son y que con su entrega al prójimo, con la belleza de su sonrisa, con su mirada, con su alegría o con su mera presencia y actuar permiten un cara a cara con Dios.


Y al final, al estar tan sumidos en la búsqueda de respuestas y en vivir activamente la vida, hemos perdido la capacidad de amar coherentemente, de armonizar lo que sentimos, lo que queremos y lo que creemos que el mundo espera que queramos. Y esta incoherencia entorpece y limita nuestra capacidad de amar.


Lo cierto es que nada importa realmente, nada tiene verdadera importancia en esta vida más que conservar la capacidad de amar, porque al final de la vida nos examinarán del amor y, cuando ya no haya vida, solo permanecerá el amor. Amar en lo grande, sí, y ante todo en lo más pequeño, en lo más escondido, en lo que nadie ve. Porque somos realmente grandes en la medida en que nos hacemos pequeños. Pequeños como niños, que aman y se entregan sin reservas, a los que nada les resulta indiferente, a los que todo conmueve y los que de todo se sorprenden. Si nos hiciésemos verdaderamente pequeños y confiásemos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios, viviríamos más felices que cuando buscamos sin cesar salvar al mundo por nuestras propias fuerzas y mentes, sin tener en cuenta que lo que llena al corazón es la entrega en el amor.

fuente: retratodeuninstante

Citando al Papa Francisco, creo que el verdadero comienzo del camino hacia la felicidad es tener la firme resolución de perseverar en el amor fortaleciendo el corazón. Cuando digo fortaleciendo no me refiero a crear una fortaleza en torno al corazón, forjar un caparazón que haga nuestro corazón duro e inquebrantable, inmutable y resistente a todo, sino un corazón grande con una inmensurable capacidad de amar, un corazón que no ponga trabas al Amor que Dios busca poner en él. Porque tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.


El universo grita, queriendo llamar nuestra atención, y, con suerte, si huimos de la indiferencia y tenemos un corazón abierto al amor sabremos oír Su voz.


martes, 6 de enero de 2015

Once upon a time

El ser humano es peculiar. Bueno, para qué engañarnos: somos raros, y raros de narices.
Somos la única especie que vive angustiada por lo que vaya a pasar, sufriendo por adelantado acontecimientos inexistentes, los únicos que vivimos constantemente en el pasado y temiendo al futuro. Somos los únicos que vivimos en un absurdo, alimentados de sueños que no nos atrevemos a perseguir, los que vivimos siempre insatisfechos, los que perdemos el tiempo pensando en cosas que nunca pasarán, los que siempre queremos más. Somos los ilusos que pretendemos que la máxima de nuestra acción se vuelva ley y modelo universal. 


Somos los únicos a los que una conciencia intranquila logra desvelar, los que tenemos una cabeza que está siempre en lucha con un corazón que, de forma sistemática quiere poseer aquello que no puede tener. Somos los que buscamos ser perfectos sin nunca llegar a enamorarnos de la perfección, los que negamos la existencia de Aquél que nos creo y los que damos la vida por Él.

Somos los que tenemos la capacidad de alcanzar lo más alto y hundirnos en lo más bajo, los únicos capaces de tropezar dos veces con la misma piedra y, además, encariñamos con ella. Somos los que tememos los juicios, los que tememos amar, renunciar, sufrir, perder... los que tememos temer. Somos los que nos tenemos a nosotros mismos como peores enemigos. 
Y los únicos con sentido del humor.

Y somos también los que rehuimos nuestros sueños, miedos y todo lo que nos dé un poco de vértigo, y no hablo de vértigo como miedo a las alturas sino de miedo al abismo que se extiende de nuestros pies hasta donde están nuestros sueños, esos que llenan nuestra cabeza y dan alas a nuestro corazón. Esos que tememos perseguir. 
Sí, no cabe duda de que somos peculiares pero la rareza fija el precio de las cosas. Y la rareza del ser humano le hace único, especial y a su vida, nuestra vida, digna de ser vivida.

Somos los únicos a los que no nos basta con sobrevivir, los que no valoramos ganar batallas mientras haya una guerra que vencer, los que nos enamoramos, los que logramos querer al prójimo porque sí y anteponemos su felicidad a la nuestra. Sí, somos los únicos capaces de fingir que estamos bien, de vencer nuestro egoísmo y querer sin condiciones, los que tenemos voluntad para no ceder a nuestros deseos. Somos los únicos con libertad para elegir equivocarnos y los únicos con inteligencia para aprender de nuestros errores.

Somos a los que nos vive la vida más de lo que la vivimos, y los que vivimos soñando con un final feliz para "ser felices y comer perdices" cuando, a la hora de la verdad, no solo son felices los que comen perdices.