lunes, 28 de octubre de 2013

Dios nos habla


Decía Joana en La ciudad de la alegría que hay tres maneras de actuar ante la vida: huir, ser espectador y comprometerse. Aunque sea cierto, creo que se dejó unas cuantas en el tintero. Y es que la vida tiene tantas facetas, que a veces se necesita más de una actitud para afrontarla. Aun así, yo me pregunto hoy... ¿qué es mejor? ¿huir? ¿ser espectador? ¿comprometerse?

Compromiso...parece que es un concepto que repele, una sugerencia escalofriante para algunos, impensable para otros tal vez. Y sí, realmente, eso es lo que el mundo necesita: compromiso. Si no te gustan las cosas, en vez de quejarte, lucha por cambiarlas, comprometete, involucrate en un proyecto y da lo mejor de ti mismo. Incluso te diría que pelees las causas perdidas porque así al menos, al final, sabrás que lo diste todo por lograrlo. Ya lo dijo Michael Jackson en The man in the mirror: if you wanna make the world a better place take a look at yourself and then make a change. 

Muchas veces sentimos que la vida nos supera, que no tenemos ni los medios ni la capacidad para superar los obstáculos con los que nos topamos por el camino y es entonces cuando sentimos la tentación de convertirnos en espectadores, de dejarlo todo estar y asumir la derrota. Pero lo cierto es que, es en ese mismo momento, cuando nos disponemos a huir, en el que llegan las fuerzas para seguir adelante, en el que encuentras un motivo para levantarte y tratar de lograr lo imposible. Digamos que algo hace click en nuestra cabeza, es como recibir una corriente de energía y optimismo, es cambiar la perspectiva desde la que enfocamos las cosas... Porque al fin y al cabo las cosas son del color del cristal con el que las miras. 


Decía Helen Keller que el mundo está lleno de sufrimiento pero también de superación del mismo. Después de convivir mano a mano con la enfermedad, puedo decir que, ahí donde hay sufrimiento, hay también felicidad. Porque he encontrado las sonrisas más sinceras en las personas con menos motivos, la esperanza en los casos perdidos y la fe en el más desafortunado. La meta de todo ser humano es alcanzar la felicidad, la plenitud, y a veces pasa que, el camino hacia esa anhelada felicidad, se encuentra en el sufrimiento. Vivir es sufrir, sobrevivir es encontrar significado al sufrimiento, o eso decía Nietzsche. 

Personalmente, creo que la felicidad es un término muy abstracto, y por tanto, no siempre es fácil alcanzarla porque, simplemente, muchas veces no sabemos donde buscar. Yo tengo la teoría de que para ser feliz, hay que servir. Servir a los demás, entregarse, darlo todo por la felicidad ajena. Porque la Beata Madre Teresa de Calcuta tenía toda la razón al decir que el que no sirve para servir no sirve para vivir. Al igual que no se nos ha sido dado el amor para guardárnoslo sino para entregarlo, no estamos hechos para guardarnos nuestros dones y talentos, sino que nuestro deber es ponerlos al servicio de los demás. Y lo lógico sería que, si lo das todo, te quedes sin nada ¿no? Pues en este caso, el amor vence a la lógica porque es dando que se recibe, y cada vez que todo lo das, recibes aún más. 


Hablemos con claridad. Nada de lo que tenemos es nuestro ni nada de lo que somos es mérito nuestro. Dios nos ha creado, a su imagen y semejanza, y ha dibujado con amor cada pincelada de nuestra personalidad. 
Y por eso, somos sus obras perfectas de Amor. 

Quiero volver a mencionar a Madre Teresa de Calcuta quien decía que no importa cuanto damos sino lo que importa es cuanto amor ponemos en lo que damos. Dios nos llama a la entrega en los pequeños detalles, a hacer lo que podamos dentro de nuestras capacidades. Porque no hace falta remover cielos y tierra, ni pretender que del día a la mañana cambie el mundo... no. Lo que importa es lo que podemos conseguir en nuestro día a día, entre la gente más cercana a nosotros. Lo que importa es nuestra actitud servicial, nuestra sonrisa y, claro está, el amor que ponemos en lo que hacemos. 



Por último, simplemente decir que Dios nos habla. Sí, nos habla siempre, aunque nosotros no tengamos tiempo para escucharle, hablarle o responderle Él siempre esta ahí, llamando a la puerta de nuestro corazón. El lenguaje de Dios, es de Dios, y nosotros no siempre alcanzamos a entenderlo. 
Por eso, Dios decide hablarnos a través de las cosas más pequeñas y sencillas, a través de los detalles. Dios está en la sonrisa de aquel que no tiene motivos para sonreír, Dios está en la enfermedad. Dios está presente en su Creación, en la música de un violín o en una canción. 
Dios es esa mano que acaricia suavemente el rostro cansado. 
Dios está en esa mirada de aliento y ante todo, está en el amor que ha puesto en nuestro corazón.