sábado, 29 de noviembre de 2014

Más que un sentimiento


Queremos que nos quieran. 
Y que nos quieran como queremos que nos quieran. 
Y que nos quieran como somos y por lo que somos.
Buscamos el amor incansablemente, inconscientemente, aquí, allá... sentimos que lo tenemos, que lo hemos encontrado, y entonces se escapa, escurridizo, como si fuese un espejismo. 

Y olvidamos qué es el amor, porque tenemos una idea distorsionada de él. Queremos que nos quieran pero, ¿queremos querer?, queremos que nos acepten como somos, queremos estar con alguien que acepte libremente nuestros defectos pero, ¿queremos de verdad abrazar los defectos de los demás, abrazar los peros y los contras del prójimo? 

Hoy, con rabia, me doy cuenta de que nos hemos perdido, nos han despistado y confundido, nos han convencido de que el amor hay que sentirlo y nos lo hemos creído. Supongo que será porque resulta más fácil concebir un amor así, pero lo cierto es que hemos echado todo a perder porque el amor no se siente, el amor se VIVE. 

Creo que no me equivoco al decir que el amor es entrega, es compenetración, es buscar el bien del otro por encima del tuyo propio. Por eso los corazones enamorados revolotean sonrientes, la mirada perdida y la cabeza en las nubes, por eso vuelan ligeros por la vida, por eso esos corazones no pesan, porque ya no se pertenecen. Y es que el amor que lo es de veras aun sin querer se delata. 

Que cuando amas de verdad tu vida cambia, todo adquiere otro color, todo lo ves con ilusión, todo lo sufres con ilusión, ninguna derrota es suficientemente grande como para hacerte caer, todo es poco, porque si el otro lo es todo, tú ya no eres nada. 

Vivir para amar, para servir. Encontrar a quien te haga salir de ti mismo, a olvidarte, a quien te lleve a donarte. Encontrar a quien te haga vivir. Ese es el anhelo que late sordamente en nuestro corazón y también el motivo por el cual la cabeza nunca escucha al corazón, porque a la razón le resultan insensatos los profundos deseos del corazón. 

E, irónicamente, a la cabeza le gusta soñar. Soñar con el día en el que encontremos a nuestra media naranja, o medio limón, o medio melocotón, como lo quieras llamar. Pero sigue sin acertar, porque cuando hablamos de querer, de amor, nuestros sueños se quedan cortos, pues difícilmente podemos imaginar hasta donde llegaríamos por amor. La Historia habla incluso de Uno que murió por Amor alegando que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Yo no hablo de llegar hasta una muerte física por amor, no, hablo del desprendimiento del yo, del olvido de sí, de dejar morir al orgullo, a la soberbia y al egoísmo, a todo aquello que impida la entrega al prójimo. 

Hablo de amar sin medida, sin límites, de querer como quisiéramos que nos quisieran. 
Hablo de autenticidad, de no conformarse con un espejismo del amor, de un amor vacuo y comercial. 
Hablo de un amor que hace feliz, el que consuela al corazón, con el que no hay pena ni dolor, un amor que te vacía de ti mismo para llenarte del otro. 
Hablo de salir a su encuentro con los brazos abiertos, de abrazar el amor y VIVIRLO.





viernes, 14 de noviembre de 2014

Forever young

Cada día tiene veinticuatro horas. Cada año trescientos sesenta y cinco días. Cada vida algunos años y por tanto incontables horas.
Y pasamos un tercio de nuestras vidas durmiendo y dos tercios viviendo sin vivir. 
Contamos los minutos y las horas, y sentimos que son pocas. Siempre necesitamos más, y, mientras lees esto, los segundos, ágiles y silenciosos, se van escapando, sin que nada podamos hacer para evitarlo.
Nuestra vida es una lucha contra el tiempo en la que en vano tratamos de salir vencedores, dándole a cada hora un ritmo vertiginoso del que ni nosotros mismos luego sabemos salir.


Y olvidamos disfrutar. 

Tememos envejecer, crecer, perder... olvidamos ser eternamente jóvenes. La juventud es energía, vigor, frescura, es el primer tiempo de algo. Y si tenemos veinticuatro horas cada día, cada hora de ese día es el primer tiempo de un día, es la juventud de cada día. 

Tenemos el regalo de ser jóvenes cada mañana del resto de nuestras vidas. Una juventud para disfrutarla, para vivirla, para entregarla, para dejarnos seducir por la belleza, por lo bueno de cada día, por lo raro y lo extraordinario y por lo ordinario de la rutina. Una vida para enamorarnos.


Enamorarnos de los detalles del día a día, como del frío de las mañanas soleadas de otoño y de los colores que trae esta estación, de la música de cada persona, de su ritmo, de los que prefieren bailar en vez de correr, de los que tienen sentido del humor, de los que hacen felices con solo sonreír, de los de risa contagiosa, de los que pierden la cabeza con facilidad, de los que te hacen soñar. 

Y soñar con que nuestra foto preferida sea la del momento, la del aquí y el ahora. 

De los que son libres y eternamente jóvenes. De los que se dejan seducir, de los que se dejan robar el corazón, es más, de aquellos que no temen dar su corazón, abrirlo de par en par. De los que nos enseñan a amar. 

Y por qué no, igual también dejarnos robar. La sonrisa, la razón o directamente el corazón.

Si se nos ha regalado el don de la vida, la mejor manera de exprimir los sesenta segundos de cada minuto y los sesenta minutos de cada hora de cada día de nuestra vida es dándolos. Pues no en vano se dice que quien entrega su vida por amor, la gana para siempre.

Que no pase un día sin que pongáis vuestra sonrisa, vuestra alegría, vuestros dones y virtudes al servicio de los demás. Que no pase un día sin que perdonéis, pues no es el tiempo el que hace envejecer sino la falta de amor, y el perdón es la expresión máxima del amor.  Que no pase un día sin que os dejéis sorprender, sin que os asombréis y os maravilléis por vuestra existencia.

Y así, viviréis una eterna juventud, la juventud del alma, la juventud del corazón.