domingo, 29 de diciembre de 2013

Sobran las palabras

Todas las historias tienen un principio, todas empiezan con un folio en blanco. 
Todas las historias se empiezan a escribir de cero, boli en mano, férrea voluntad de crear algo hermoso, plasmar algo memorable. 
Todas las historias se empiezan con el vértigo que da ese blanco, ese vacío que espera a ser completado.


Siempre está ese miedo a equivocarnos, a no escribir lo que queremos o a no hacerlo como de verdad queremos. Siempre queda el miedo a no saber plasmar en una hoja todo lo que tenemos en nuestra cabeza, a desgastar el papel, a echar las páginas a perder, a malgastar nuestro tiempo escribiendo una historia sin sentido. Porque lo peor que hay en esta vida son las historias sin sentido, los argumentos absurdos. Si una historia no lleva a ninguna parte... ¿para qué escribirla? El problema es que nadie sabe si va a tener sentido o no. No hay previa advertencia, no hay una señal que diga "calle sin salida" y a veces no queda otra opción que tomar la calle y enterarte por ti mismo de que no lleva a ningún lado. Y te topas de bruces con que no hay salida, y te frustras porque tienes que dar la vuelta, porque creías ir bien encaminado y ha sido en vano. Y te invade esa rabia al ver que estás retrocediendo. 


Pero tomas nota. Y así, a la próxima, lo sabrás, o eso suelen decir, que de los errores se aprende. Pero a veces la lección no compensa la frustración fruto de la equivocación, o eso solemos pensar. Ojalá tuviésemos la certeza, la certeza de que vamos por buen camino, de que lo estamos haciendo bien. Ojalá las indicaciones fuesen más claras, ojalá el camino fuese de una sola calle y una sola dirección, ojalá supiésemos interpretar mejor las señales.

Ojalá Dios hablase más claro y ojalá le entendiésemos mejor.

Pero el caso es que no lo hace y supongo que será por algo, supongo que será para que confiemos en Él, en sus planes que, a pesar de no conocer, iremos cumpliendo si, con fe, le decimos "hágase tu Voluntad". Y que no sea una muda petición agitada, sino una oración con el corazón.


Da igual que no sepamos qué está por venir, da igual si tomamos la decisión incorrecta, porque la vida siempre da oportunidades para enmendar los errores y estos son necesarios para aprender, para crecer. Tal vez si tuviésemos esa anhelada certeza, si supiésemos cómo van a salirnos las cosas, la vida perdería ese punto inquietante de intriga y emoción porque, total, ya conoceríamos nuestro devenir. Y haríamos las cosas bien sabiendo que las estamos haciendo bien y haríamos las cosas mal sabiendo que las estamos haciendo mal. Perderíamos la pasión que ponemos al hacer las cosas. 

Porque si empezamos una historia lo hacemos poniendo toda nuestra ilusión, toda nuestra pasión y toda nuestra esperanza en que salga bien. Porque, el no saber cómo acabará, nos motiva a dar el cien por cien, a luchar por cumplir la probabilidad de éxito. Y a cada vez que nos embarcamos en una nueva aventura lo hacemos con renovada ilusión, con el empeño, tras varios fracasos tal vez, de que en esta ocasión todo salga bien. Sin miedo, con esperanza, apostando por una victoria pero sin temer la derrota. Porque hay que tener el valor y el coraje necesarios para equivocarse, porque al final sino acabaremos equivocándonos por miedo a equivocarnos. Henry Ford dijo que "fracasar es tener la oportunidad de volver a intentarlo de forma más inteligente" y Charles James que "las cosas no salen mal para amargarte y rendirte. Son para romperte y reconstruirte, y que puedas ser todo lo que debías ser", y no podrían tener más razón.


La vida es algo muy grande compuesto por cosas pequeñas, avanza paso a paso, día a día, ofrece oportunidades, bifurcaciones en el camino, puntos de inflexión para que podamos cambiar de opinión, para que podamos rectificar, mejorar, crecer. Nos ofrece todas las herramientas para que cada uno cree la mejor versión de sí mismo, para ser felices y para que hagamos felices a los demás, para que no nos conformemos, para confiar.

Confiar en ese Dios que es Padre, que todo nos ha dado y que quiere seguir dándonos. Pero está esperando a que tú, yo, todos, le abramos el corazón y se lo pidamos. No con una oración agitada, no queriendo imponer nuestros planes, no queriendo resolverlo todo a nuestra manera sino dejándole ser Dios, abandonándonos, confiando. Y después, disfrutando de las cosas, las oportunidades y las personas que nos va mandando para que crezcamos, amemos y seamos felices.


sábado, 7 de diciembre de 2013

Light your soul

Creo que al mundo le sobra inercia y le falta fuerza motriz.
Vivimos en un mundo tan frenético e inmediato que a veces salir del ritmo incesante que llevamos resulta imposible. Es como tratar de escapar al giro de una espiral. La inercia nos consume y nosotros nos dejamos arrastrar. 
Y lo cierto es que en nuestra comodidad rutinaria dejamos la vida pasar. 
Y se supone que no tendría que ser así, que lo nuestro es un paso por la vida, que no deberíamos dejarnos atropellar por ella.
Se supone, sí.

¿Por qué ese ritmo frenético? ¿Por qué ese dejarse llevar? 
¿Por qué permanecer en la comodidad? ¿Por qué conformarse?

La comodidad es destructiva, la resignación, la falta de inquietudes en nuestra vida son nuestra perdición.
Tampoco creo que haga falta mucho. No estoy pidiendo lo imposible. Solo parar, de vez en cuando, y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra vida, con nuestro tiempo; si lo que hacemos merece la pena, si nos hace felices, si hacemos felices, si estamos haciendo algo grande de la vida que nos ha sido dada.

"Hacedlo todo por Amor -así no hay cosas pequeñas, todo es grande.-" decía San Jose María Escribá. Amor es sinónimo de grandeza, entrega es sinónimo de Amor y poner Amor en las cosas pequeñas las hace grandes.

Decía también este santo que "todo lo que ahora te preocupa cabe dentro de una sonrisa". Y es que vivimos tan acelerados, estresados y agobiados que hacemos un mundo de lo mínimo que nos pasa y, tan perdidos en nuestras preocupaciones, olvidamos que hay otro mundo, mucho más grande y mucho más necesitado de nosotros que nosotros mismos.
No debería haber motivo suficiente para borrar nuestra sonrisa. No debería. Porque no hay motivo con suficiente peso como para bajar las comisuras de tus labios sonrientes porque, a pesar de todo, en nuestra vida siempre habrá más cosas buenas que malas. Solo que tenemos que encontrarlas. Y no las vemos, porque nos encanta la autocompasión. No las vemos, porque las damos por sentadas. No las vemos porque no somos agradecidos, ni humildes, y creemos merecer más de lo que ya tenemos. Porque somos arrogantes. 
El otro día un amigo me dijo que la gente que es agradecida es más feliz. Y qué razón tiene porque, si de verdad nos diésemos cuenta de la cantidad de cosas buenas que nos pasan a diario, de la cantidad de regalos que nos ofrece el día a día... no podríamos no sonreír, no podríamos no dar gracias a Dios. Y sí, seríamos más felices, porque seríamos más conscientes de Su Amor y veríamos Su mano actuando en nuestras vidas como la suave caricia de un padre al rostro de su hijo.

"Lo que pasa es que el mundo no quiere escuchar, no vaya a ser que vea, que entienda y se empape de esta alegría que Él nos quiere regalar, no vaya a ser que vea, se convierta y se sane".
Y no temas a la luz, no tengas miedo a ser feliz. No temas abrazar los regalos del día a día ni tengas miedo a sufrir. Porque tal vez ese sufrimiento sea tu medio de santificación, porque no sabes qué Plan tiene Dios para ti y porque sabes que, hagas lo que hagas, Él  nunca dejará de amarte.


"Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida" (Jn 8,12)


jueves, 7 de noviembre de 2013

El silencio del corazón

¿Sabes esa forma particular de hablar que tienen algunas personas? ¿Esa, que cuando imitas, todo el mundo sabe a quién te estás refiriendo? ¿Sabes esa forma de andar, esa forma de mirar, ese tipo de risa característica y única en una persona? Creo que cada uno tiene su sonrisa, su olor, su tono de voz, su estilo, su forma de hacer las cosas, su forma de enfrentar la vida. Son esos pequeños rasgos, tan simples como insólitos, que usamos para identificar a los demás, los que reafirman su exclusividad. 


Y es que cada persona es un mundo, un universo, tan brillante, tan cercano, y al mismo tiempo, a miles de kilómetros de distancia. Porque una persona no es solo lo que parece ser, no es solo esa mirada, esa gestualidad ni esa personalidad sino que, definiéndole, a la base, arraigados en el corazón, se encuentran sus miedos, sus sueños e ilusiones. El corazón del ser humano es como un ovillo de lana en el que los hilos se enmarañan los unos con los otros. Y realmente, para conocer a alguien, es necesario tirar de ese hilo, resolver los entresijos que forma, hasta obtener la simplicidad de un único cordel, largo e infinito.

Y porque son un mundo, me gustan las personas. 
Porque hay tanto que descubrir, que pueden resultar toda una aventura.


Es verdad que las personas nos fallan, que muchas veces aparentan ser lo que no son, pero como dijo Flaubert, “la humanidad es lo que es. No se trata de cambiarla, sino de conocerla”. Es cuando se hace esta constatación que entiendes realmente eso de que una persona no es solo sus palabras, sus gestos o incluso sus acciones. “Tus acciones te definen” dice Alejandro Sanz, pero ¿qué hay detrás de esas acciones? Una persona es también sus temores, anhelos e inseguridades. Es sus defectos, que le llevan a fallar, a caer una y otra vez, es esa debilidad... y también esa fortaleza.

Prueba a mirar a alguien fijamente mientras te cuenta algo. Fíjate uno a uno en sus rasgos, en sus expresiones, en sus gestos y, de la nada, todo en esa persona te resultará extraño y, al cambiar la perspectiva de tu mirada, te parecerá que la ves por primera vez. Un rostro es una unidad formada por pequeños elementos de la misma manera que la personalidad se forja sobre el carácter y el temperamento. Y cada rostro es único, así como cada personalidad también lo es. Pero sólo si nos paramos podemos convertir nuestra mirada hacia lo ordinario en algo extraordinario. Para mirar hay que detenerse, porque la mirada superficial no contempla. Y hay tanto que contemplar…


Decía Benedicto XVI que “no somos fruto de la casualidad o de la irracionalidad, sino que en el orden de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios”. Y por eso, cada persona es digna de contemplar y de admirar. Porque ha sido creada con Amor por Dios, con ese mismo Amor con el que cada uno de nosotros también hemos sido creados.

Y si no tuviésemos a alguien al lado, no aprenderíamos a amar. Y sin alguien a quien amar, no seríamos felices, pues nuestra plenitud y felicidad se basa en el amar y en el ser amado. 

Tal vez suene muy utópico, o surrealista, o convencional o tal vez os parezca absurdo. Yo lo encuentro coherente. Veo coherente aprender a mirar a una persona y maravillarse por como es, por las cosas que Dios le ha dado, por las que no y por esas que me ha dado a mí para que las comparta con ella. Veo lógico el asombrarme por todos los sentimientos que las personas llevamos dentro y que pocas veces salen a relucir, sí, veo lógica la complejidad del ser humano. Lógica. Asombrosa. Bella.

Y hay que buscar conocer. Conocer para amar. Dice San Agustín que “la medida del amor, es amar sin medida”. Tal vez sea tiempo de una vez por todas de dirigir una mirada de amor al prójimo, de aprender a conocer de verdad las inquietudes del corazón, de entregarse sin reservas, de apostar por la perfección de la Creación de Dios, de amar a los demás más incluso que a uno mismo. 

Cada persona es un planeta, aún por descubrir, tan cercano y lejano por igual, únicamente accesible a través del Amor, ese Amor que Dios nos ha puesto en el corazón para darlo.


“El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. “ (1 Cor, 13. 4-7)



lunes, 28 de octubre de 2013

Dios nos habla


Decía Joana en La ciudad de la alegría que hay tres maneras de actuar ante la vida: huir, ser espectador y comprometerse. Aunque sea cierto, creo que se dejó unas cuantas en el tintero. Y es que la vida tiene tantas facetas, que a veces se necesita más de una actitud para afrontarla. Aun así, yo me pregunto hoy... ¿qué es mejor? ¿huir? ¿ser espectador? ¿comprometerse?

Compromiso...parece que es un concepto que repele, una sugerencia escalofriante para algunos, impensable para otros tal vez. Y sí, realmente, eso es lo que el mundo necesita: compromiso. Si no te gustan las cosas, en vez de quejarte, lucha por cambiarlas, comprometete, involucrate en un proyecto y da lo mejor de ti mismo. Incluso te diría que pelees las causas perdidas porque así al menos, al final, sabrás que lo diste todo por lograrlo. Ya lo dijo Michael Jackson en The man in the mirror: if you wanna make the world a better place take a look at yourself and then make a change. 

Muchas veces sentimos que la vida nos supera, que no tenemos ni los medios ni la capacidad para superar los obstáculos con los que nos topamos por el camino y es entonces cuando sentimos la tentación de convertirnos en espectadores, de dejarlo todo estar y asumir la derrota. Pero lo cierto es que, es en ese mismo momento, cuando nos disponemos a huir, en el que llegan las fuerzas para seguir adelante, en el que encuentras un motivo para levantarte y tratar de lograr lo imposible. Digamos que algo hace click en nuestra cabeza, es como recibir una corriente de energía y optimismo, es cambiar la perspectiva desde la que enfocamos las cosas... Porque al fin y al cabo las cosas son del color del cristal con el que las miras. 


Decía Helen Keller que el mundo está lleno de sufrimiento pero también de superación del mismo. Después de convivir mano a mano con la enfermedad, puedo decir que, ahí donde hay sufrimiento, hay también felicidad. Porque he encontrado las sonrisas más sinceras en las personas con menos motivos, la esperanza en los casos perdidos y la fe en el más desafortunado. La meta de todo ser humano es alcanzar la felicidad, la plenitud, y a veces pasa que, el camino hacia esa anhelada felicidad, se encuentra en el sufrimiento. Vivir es sufrir, sobrevivir es encontrar significado al sufrimiento, o eso decía Nietzsche. 

Personalmente, creo que la felicidad es un término muy abstracto, y por tanto, no siempre es fácil alcanzarla porque, simplemente, muchas veces no sabemos donde buscar. Yo tengo la teoría de que para ser feliz, hay que servir. Servir a los demás, entregarse, darlo todo por la felicidad ajena. Porque la Beata Madre Teresa de Calcuta tenía toda la razón al decir que el que no sirve para servir no sirve para vivir. Al igual que no se nos ha sido dado el amor para guardárnoslo sino para entregarlo, no estamos hechos para guardarnos nuestros dones y talentos, sino que nuestro deber es ponerlos al servicio de los demás. Y lo lógico sería que, si lo das todo, te quedes sin nada ¿no? Pues en este caso, el amor vence a la lógica porque es dando que se recibe, y cada vez que todo lo das, recibes aún más. 


Hablemos con claridad. Nada de lo que tenemos es nuestro ni nada de lo que somos es mérito nuestro. Dios nos ha creado, a su imagen y semejanza, y ha dibujado con amor cada pincelada de nuestra personalidad. 
Y por eso, somos sus obras perfectas de Amor. 

Quiero volver a mencionar a Madre Teresa de Calcuta quien decía que no importa cuanto damos sino lo que importa es cuanto amor ponemos en lo que damos. Dios nos llama a la entrega en los pequeños detalles, a hacer lo que podamos dentro de nuestras capacidades. Porque no hace falta remover cielos y tierra, ni pretender que del día a la mañana cambie el mundo... no. Lo que importa es lo que podemos conseguir en nuestro día a día, entre la gente más cercana a nosotros. Lo que importa es nuestra actitud servicial, nuestra sonrisa y, claro está, el amor que ponemos en lo que hacemos. 



Por último, simplemente decir que Dios nos habla. Sí, nos habla siempre, aunque nosotros no tengamos tiempo para escucharle, hablarle o responderle Él siempre esta ahí, llamando a la puerta de nuestro corazón. El lenguaje de Dios, es de Dios, y nosotros no siempre alcanzamos a entenderlo. 
Por eso, Dios decide hablarnos a través de las cosas más pequeñas y sencillas, a través de los detalles. Dios está en la sonrisa de aquel que no tiene motivos para sonreír, Dios está en la enfermedad. Dios está presente en su Creación, en la música de un violín o en una canción. 
Dios es esa mano que acaricia suavemente el rostro cansado. 
Dios está en esa mirada de aliento y ante todo, está en el amor que ha puesto en nuestro corazón.





sábado, 28 de septiembre de 2013

Fontilles

Hoy, quiero hablaros de un lugar. Uno de esos lugares de película en los que te aíslas de la realidad, vives en paz y en el que es fácil encontrarse a uno mismo. Físicamente, se encuentra en el punto de confluencia de los cuatro elementos. Y es que, por todos lados, la tierra está plagada de pinos, abetos, cipreses, naranjos limoneros, hibiscos, madreselva, buganvillas y otras plantas cuyos nombres no conozco pero cuya belleza no dejo de admirar. El agua está presente allá donde mires, tanto a lo lejos en el horizonte, confundiéndose casi con el cielo, así como en las fuentes que a lo largo del camino, en los lugares más recónditos, te puedes encontrar. El aire... el aire es fresco, suave, agradable y desintoxica de todo malestar. Yo no creo que el aire pueda tener literalmente estas propiedades, la verdad. Solo sé que la corriente que viene del mar se mezcla con la de la montaña generando una constante y suave brisa con la capacidad de disolver toda preocupación. Y en cuanto al fuego... está presente en los ojos chisporroteantes de todos sus habitantes cuando cuentan, con emoción, sus vivencias y aventuras de épocas pasadas.


Y es que el lugar del que os hablo, como habréis notado, es un lugar especial. Se trata de un pueblo construido por y para la gente que lo habitó, un refugio para muchos, una esperanza para otros y un hogar para todos. Está rodeado por una muralla de tres kilómetros construida a base del esfuerzo y el sudor de su gente, alzada para contener y aislar tantos sueños e ilusiones. Os preguntaréis de qué lugar se trata y quién es toda esa gente. Os lo diré: eran enfermos de lepra, leprosos.

La lepra, una enfermedad temida y estigmatizada por la sociedad, aun hoy en día cuando un simple antibiótico puede matar a la bacteria que causa esta enfermedad. Así de hiriente es la ignorancia.

Hoy, este lugar ya no es lo que era, ya no están esas 500 personas que, en su día, forjaron su vida en aquel pueblo sino que tan solo quedan los restos de lo que fue, por entonces, su hogar. Cualquiera con una mínima capacidad de observación podría descubrir, sin embargo, esos pequeños detalles que delatan que ese pequeño pueblo fue el centro de muchas historias y mi mente, que es curiosa, se pregunta a menudo cómo tuvo que ser la vida ahí, qué pudo haber pasado en esa esquina, en aquel banco, cerca de esa fuente o en la mesa de aquel bar.


Hay muchas cosas que no sé y que seguramente nunca sabré pero, por suerte, he tenido la oportunidad de conocer este lugar, de ir, y de dejar en él mi pequeña huella. Y es que, en realidad, a penas he mencionado el tesoro de este lugar: la gente. Este pueblo sigue siendo el hogar de muchas personas, la mayoría personas mayores, pero todas ellas, sea cual sea su edad, sexo, labor o procedencia, me parecieron fascinantes. Gracias al trato con ellas he apreciado la verdadera fragilidad del ser humano, de lo fugaz que es en realidad el tiempo, de lo efímeras que son la mayor parte de las cosas de la vida, de la importancia de poseer un espíritu servicial, de que son los pequeños detalles los que marcan la diferencia, de lo esencial de la escucha, de que nacemos y morimos como niños y de lo fácil que es hacer que alguien sonría. 


Personas como Juanito me han enseñado que los chistes siempre han existido y, gracias a otras como Tito, he aprendido a no infravalorar el precio de las cosas más sencillas, como el de un cochecito de juguete, porque muchas veces, en estas, encontramos nuestra felicidad. Lo cierto es que sin saber cómo, ni cuándo ni porqué, todas las personas que conocí en mi estancia allí, se han hecho su pequeño hueco en mi corazón. Por eso, seguramente ahora, cosas tan frívolas como una manicura me toquen el corazón y me recuerden a Isabel. Tal vez la gente que da de comer a las palomas me haga pensar en Ginés, los vestidos rojos en Teresa y... bueno, no hace falta nada particular para acordarse de Mariano. Y sé que si tengo un mal día solo con pensar en Amparo, aún sin pretenderlo, se me escapará una sonrisa.


Estas experiencias te hacen crecer como persona, te hacen madurar y te ablandan el corazón. Te das cuenta de que no hay nada más gratificante que ponerte al servicio de los demás, que entregarte desinteresadamente, comprometerte y buscar hacer que la vida de los que te rodean sea más agradable. 

Estas experiencias, a mi personalmente, me acercan a Dios. Hubo un momento de mi estancia en el que rodeada por un paisaje tan sobrecogedor y en un lugar que desprendía tanta paz, me pregunté como es posible que haya gente que no crea en Dios, en un primer ser Creador. Porque, si no hay primer creador, ¿acaso todo lo que nos rodea es fruto de una casualidad? La belleza no puede ser fruto de la casualidad. Yo soy de las que piensa que detrás de todo, está Dios. Porque cada detalle de la naturaleza con el que nos extasiamos, cada momento especial, cada experiencia y cada persona que pasa por nuestra vida y se queda en nuestro corazón, no es más que un regalo a través del cual Él quiere demostrarnos su amor.



jueves, 27 de junio de 2013

Sucedió mientras dormías

Me pregunto en qué parte del camino perdimos la inocencia, qué desavenida experiencia nos llevó a ver el mundo como un lugar frío e inhóspito. Qué fue lo que nos llenó de ganas de crecer, de adquirir al fin las capacidades para luchar y enfrentarnos al mundo.
La inocencia, la candidez infantil, la bondad por naturaleza de los niños... Muchas veces las echo de menos. Echo de menos el vivir sin preocupaciones, el sentirme siempre segura, el que mi mayor miedo, como en un niño, sea como mucho temer la oscuridad. Echo de menos en muchas personas la alegría infantil, el amor desinteresado, los colores de sus vidas. Lo echo de menos, y no se porqué.

Cada persona es un mundo, un planeta complejo y sin fin, un torbellino de emociones, de ideas, de historias y de circunstancias que hacen de cada una un ser único e inigualable. Yo compararía a las personas con los libros porque, a mi parecer, hay una innegable e irremediable similitud entre ambos, con la excepción de que nosotros somos autores de nuestro guión y que, este, está aún sin acabar. 


Por ejemplo, muchas personas son como los cuentos: fáciles de leer, de contar y de entender. Son personas sencillas, simples, de las que siempre quieres tener en tu vida porque son cómodas y un recurso eficiente a tener siempre a mano. Muchas otras son novelas, personas de lectura fina, en las que hay que saber buscar entre líneas para entenderlas, saber reunir todos los detalles para así poder esbozar un esquema de su compleja y sofisticada personalidad. Son pozos sin fondo de esos que te sorprenden a diario con nuevas facetas, nuevas ideas y nuevos rasgos de personalidad que jamás podrían predecirse. Otros muchos son obras de teatro, personajes que te hacen sonreír, que te hacen vivir escenas surrealistas y que, ante todo, escriben un guión cargado de sentido del humor. Estas personas, lo reconozco, suelen tener cierto punto de excentricidad. Son estrambóticas y destartaladas y eso les hace tener algo atractivo, algo que te arrastra inconsciente e inevitablemente, atrayéndote hacia ellas, entrelazándote en el guión de sus, cuanto menos, peculiares vidas. 


Por estas y muchas otras comparaciones... me fascinan las personas. Y de veras pienso que, de entre todas las creaciones, el ser humano es, sin lugar a dudas, la más perfecta. Las personas son intrigantes y complejas, son divertidas, entretenidas, algunas más que otras, sí, pero en su esencia, todas lo son porque todas son diferentes. Cada una tiene un pasado sobre el que ha forjado un presente que determinará su futuro. Cada una es una caja de sorpresas, con dones, talentos y una personalidad única. Cada una ha sido modelada con cariño y  creada con amor por Dios. Y, por eso, el ser humano tiene una cualidad sobrecogedora... su inmensa capacidad de amar. ¿Hasta que punto puede llevar el amor? Es una pregunta que me hago a menudo y, cuanto más me la hago, más convencida estoy de que el amor no tiene limites. El ser humano, cuando ama, puede ser la más dócil de las criaturas, o la más impulsiva, o la más agresiva... a fin de cuentas, la más impredecible. Bendita capacidad de amar, es lo único que jamás podremos olvidar. Nacemos con ella y morimos con ella. Pero el momento en el que mejor la sabemos aprovechar es cuando somos niños. Ojalá todos podamos recuperar la inocencia, la capacidad de pensar en el aquí y en el ahora, el actuar movidos por el corazón y no por el interés, el decir las cosas sintiéndolas, el ser sinceros, espontáneos,vivir sin disfraces y sin preocupaciones.
Ojalá podamos despertar un día y recuperar la pureza de quien ama sin reservas.


No hay nada más admirable que los actos hechos por amor.
No hay nada más emotivo que la mirada de amor de una madre a su hijo. 
No hay nada mejor en esta vida que que te hagan reír... reír hasta llorar. 
No hay nada más noble que un corazón abierto y sincero. 
No hay nada más provechoso que un abrazo cuando más lo necesitas.
Ni nada comparable a la ayuda de una buena amiga que te quiere, como la de Pati.

lunes, 13 de mayo de 2013

She

Ella es una de esas personas que tiene la capacidad de sonreír por encima de todo. Es una de esas niñas con una personalidad tan brillante y con tanta luz que su presencia no puede pasar desapercibida. Ella es especial, su personalidad lo es. Es el tipo de persona que yo tomaría de modelo para protagonizar una novela.
Lo es pero no lo sabe.

Ella es una de esas aventureras a las que la vida reta sin cesar, es una despreocupada luchadora, una persona que sabe de verdad como ser feliz a pesar de que los hilos del destino le hayan hecho sufrir. Es de esas personas que cree que no es fuerte y que siente que cae sin cesar. Lo que no sabe es que aguanta de pie más que los demás y que ha pasado por mucho más que la mayoría. Lo que no sabe es que la fortaleza es algo subjetivo, acorde con las circunstancias de cada uno, y que, objetivamente, ella es fuerte. 

Tiene una sonrisa dulce y una bipolaridad de las que te hacen sonreír. Es cabezota y tozuda y sus sueños e ideas alocadas te harían reír. Sigue teniendo rasgos de la niñez, tiene ese alma cándida, ese corazón bueno y esa bendita inocencia que teníamos todos anteayer y que muchos desearían volver a tener. 



Diría que es una caja de Pandora, un cocktail Molotov. Es una puerta que, si abres, no vas a poder volver a cerrar. Es un pozo sin fondo y hoy, después de tantos años de amistad (que tampoco han sido tantos), sigue siendo un misterio para mí. Un misterio y una caja de sorpresas. Porque cuando crees conocerla, cuando crees que has conseguido vaciarla, ella vuelve a aparecer con nuevas historias y nuevas lecciones de vida. Es mi eterna maestra.

La RAE define "artista" como una persona dotada de la virtud y disposición necesarias para alguna de las bellas artes. Y ella es una artista del bello arte de vivir. Y no solo del vivir.
Si la oyeseis cantar y la vieseis tocar, me entenderíais. Lleva la música dentro y creo que por eso, en su caso, tocar es real y verdaderamente sentir. 


Es una joya de mi vida y agradezco a Dios el que la haya puesto en mi camino como ejemplo, compañera y ayuda. Ella me inspira, me ayuda a ser mejor, a superarme... ella es mi amiga y le dedico esta entrada para intentar devolverle parte de lo que ella me ha dado a mí. 


"She may be the song that summer sings, may be the chill that autumn brings, may be a hundred different things"


lunes, 22 de abril de 2013

Follow your heart

Párate. 
Respira hondo, muy hondo.
Y ahora, pregúntate porqué estás aquí, cómo has llegado a este punto de tu vida. 
Mírate y pregúntate si estás donde quieres estar. 
 

¿Me ha parecido oír un no? No importa. No importa porque, ¿sabes qué?, que tal vez no estés donde tú quieres estar, pero te aseguro que estás donde Dios quiere que estés. 
Ahora tengo yo una pregunta para ti: si Dios te ha traído hasta aquí, si te ha permitido llegar a esta altura del camino, ¿de verdad piensas que no va a darte la fuerza suficiente para seguir adelante? Aguántate las ganas de contradecirme y, antes si quiera de insinuar que me equivoco, cierra los ojos y pídele esa fuerza que necesitas. Antes de nada, confía en su plan de Amor.


Cambia de marcha, aprieta el embrague y sal de este punto muerto de autocompasión, miedo, agobio y frustración. Deja todo atrás y céntrate en la meta. Levanta alto la barbilla, reafirma tu mirada, vístete con una sonrisa y siéntete capaz de lograrlo, capaz de conquistar todos tus sueños.
Pídele a tu ángel, que camina siempre junto a ti, que te dé esa fuerza que tanto necesitas, sea la que sea, y emprende este camino. Un camino hacia delante, hacia tu objetivo. Libre de agobios, miedos y temores, solo con una mochila cargada de sueños, de confianza y de optimismo. 

Y camina.
A tu ritmo.
Por tu camino.
Ese camino que Dios ha preparado para ti en el que cada obstáculo no es más que un motivo para crecer, para mejorar y hacerte más fuerte.
Y camina.
Camina con la certeza de que todo lo puedes, porque Él, camina junto a ti.
Pero ahora, en este momento, solo párate.
Y respira hondo, muy hondo. 
Y no olvides que el interés de Dios es interminable y su amor, inagotable.


jueves, 4 de abril de 2013

El ruido del silencio


Han pasado ya tres días. Tres días desde que volví de ese paraíso, desde que baje de ese trocito de cielo en el que me he refugiado la última semana. 

Han pasado ya tres días y la opresión que siento en el pecho, el peso que atenaza mi corazón, me lo recuerdan a diario. Tal vez invente una máquina para volver atrás en el tiempo, o un mecanismo para hacer que el tiempo pase más lento. Tal vez.



Hoy, tres días más tarde, debo decir que solo me quedan los recuerdos, las lecciones, la memoria. Solo queda todo lo que me he llevado, todo lo que Dios ha querido darme. Me equivoco al decir "solo", debería decir "cuánto", decir que lo que me llevo de esta semana es "demasiado", que Dios me ha dado demasiadas cosas y que ninguna de ellas la merezco. Esa es la única verdad.

Me ha dado una vida, me ha dado Su vida, me ha dado una familia, me ha dado a Su Madre, me ha dado talentos, me ha dado grandes amistades y me ha dado la capacidad de amar. Dios me lo ha dado todo. Dios nos ha dado más de lo que jamás podamos imaginar. Solo su Amor es ya infinito.
Y ni tú ni yo le hemos dado nada. Y aunque intentemos darle algo, Él siempre nos lo va a devolver con creces, multiplicado, y es por eso que nunca dejaremos de recibir.


Creo que este es el momento de dejar a un lado los agobios, la presión y la tensión. Este es el momento en que debo quitarme de encima esa losa que oprime mi pecho, ese agobio que me impide dormir y dejarlo todo en Sus manos. Porque el plan que Él pueda tener para mi o para ti es mil veces mejor que el que podamos jamás imaginar. Confía en Su voluntad, en el plan de Dios.

Tal vez sea este el momento de ponerte en Sus manos y confiar, y pedirle de todo corazón que se haga en ti Su voluntad. Tal vez tengas que pedirle a Él lo que no puedes para poder. Tal vez debas confiarte a Su Madre para que cuide de ti y te ayude a levantarte cada vez que caigas. Tal vez debas contarle tus miedos para sentir que nunca estarás solo. Tal vez debas aprender a quererle.
Dios, aun sabiendo qué es lo mejor para nosotros, nos ha hecho libres, libres de tomar la elección que queramos, de hacer de nuestro futuro lo que queramos, libres hasta de quitarnos la vida que Él nos ha regalado. 
Dios nos ha hecho libres de amarle. 



Yo he decido hacerlo.

¿Y tú?


martes, 12 de marzo de 2013

I'm feeling good

Dicen que la vida está para vivirla. Esta es, en mi opinión, una verdad a medias.
Por un lado es cierto que tienes que vivir tu vida y no dejar que la vida te viva a ti, que tienes que hacer de este don que te ha sido regalado una gran obra de arte, un completo espectáculo. Que la vida está para vivirla, claro, es una historia de la cual cada uno tiene que ser el protagonista tejiendo los hilos y entresijos de sus propias aventuras.
Sin embargo, el cómo hacerlo es una pregunta que revolotea por mi mente sin cesar. Solía plantearmela muy a menudo hasta que este fin de semana, como caída del cielo, me vino la respuesta. Solo es un buen protagonista aquel que no es un medias tintas. Por medias tintas se entiende aquel que hace lo que el resto, el que sigue la corriente por el mero hecho de no ir contra la mayoría. Odio eterno a los medias tintas. Solo es un protagonista valioso el que va a contracorriente, el que pasa por la vida marcando, dejando huella.


Dejar huella... eso si que es algo importante, primordial diría yo. Cuántas caras hemos visto a lo largo de nuestra existencia, cuántas personas se han cruzado en nuestro camino y, sin embargo, nuestra memoria solo ha retenido unos pocos rostros, unas pocas personalidades. Sé que os estaréis diciendo, "tiene razón", mientras el murmullo de vuestra conciencia plantea un inconsciente "¿porqué?". 

La respuesta es simple. Es ese brillo en sus miradas, el secreto que parecen esconder sus sonrisas, su gestualidad, su forma de afrontar la vida, de escuchar... por algún motivo u otro les hacen a nuestros ojos personas especiales. Algunos destacan por su fortaleza, otros, por su vitalidad, o por su serenidad, por su mirada, por su forma de tratarte... y luego hay personas que simplemente están tan llenas de Dios que, al mirarlas, no puedes más que verle a Él. 

Estos últimos días he vuelto a tomar conciencia de que la vida es un gran regalo que nos ha sido dado para hacer de ella algo maravilloso, algo especial. No hay que dejar que la vida pase de largo sino que hay que pillarla al vuelo y moldearla para hacer de ella la obra más hermosa, la más especial. No tienes que ser bueno, el mejor, no importa que no seas un gran artista, el talento está oculto hasta en los detalles más pequeños. Solo lánzate, date una oportunidad para exteriorizar, y mostrar al mundo lo que hay en tu interior y así te sorprenderás y verás que tienes la capacidad de hacer algo bello pues el resultado no será más que el reflejo de tu interior. 


Se esa persona que va a contracorriente, que no sigue a la mayoría.
 Se la excepción, esa persona que rompe con los prototipos de la sociedad, el raro, el original. 
Se la cara que queda grabada en la memoria sin motivo aparente.
Se ese almendro en flor que aparece en el mes de febrero, antes de tiempo, y que trae consigo los más dulces pensamientos. 
Se la sonrisa sin motivo, las palabras de aliento en momentos de desconsuelo. 
Se la esperanza, la alegría. 
Se tu mismo y muéstrate así al mundo. 
Deja que todos vean en ti la persona que quieren llegar a ser, que todos vean a Cristo en tus palabras y tus acciones. 
Se un ejemplo para los demás.


martes, 5 de marzo de 2013

Uninspired words

Hoy es uno de esos días en el que me pregunto si habré perdido la capacidad de expresarme. Es uno de esos días en los que nada me inspira. Y lo cierto es que tengo mucho que decir, tanto, que no encuentro palabras para hacerlo.

Hoy quiero ayudarte y me frustra no saber cómo hacerlo. Será porque sé muy poco... de ti, de mi, de la vida, de la muerte, de todo lo que nos rodea. Pero quisiera compartir lo que ya sé, lo que he ido aprendiendo de mis errores, de mis experiencias, de lo que me ha ido enseñando la vida con sus sorpresas y sus lecciones.

Quisiera desvelarte mis pilares, mis puntos cardinales.


La vida es un camino, un largo camino lleno de metas. No te conformes con alcanzar cada una de estas sino que tu mayor aspiración sea disfrutar de cada segundo del sendero, apreciar hasta el más mínimo detalle, exprimir cada instante y aprovechar cada oportunidad. Aspirar a lo más grande, no de este mundo, sino a aquello que llaman santidad. Porque todo lo que cruce por tu vida Dios lo ha puesto ahí por algo.

 
 
Dios te ha dado la capacidad de sonreír así que sonríe porque puedes, porque has sido dotada con la capacidad de iluminar la vida de alguien con solo un pequeño gesto. Descubre el poder de una sonrisa, cómo, con solo un pequeño movimiento facial, puedes hacer más feliz a alguien y puedes transmitir a los demás que tú eres feliz. Comparte con los demás la magia de tu sonrisa.

 
Aprende a retirarte a tiempo. No pelees las causas perdidas porque lo que estarás es perdiendo tu tiempo. Aprende a desplegar tus alas y abandonar tus problemas en tierra. Sal de ti misma y busca la objetividad, otra perspectiva con la que observar tus problemas. Abandónate en Él. Aprende a discernir, a diferenciar, desde la altura, aquellas cosas por las que merece la pena luchar de las que no. Aprende a saber cuando es el momento de dar el cambio. Aprende a escuchar la voz de Dios.


Rompe las reglas. Huye de los prototipos. Sé original. Eres quién eres, quién Dios quiere que seas. No importa que no sepas quién, porque Él lo sabe y tiene un plan para ti. Confía y no tengas miedo a ser feliz. No importa cuanto tiempo tardes, acabarás encontrándote  Mientras tanto, haz lo que te haga más feliz y nunca lo que los demás crean que te hará feliz.

 
Déjate sorprender. Que tu corazón esté abierto a cada posibilidad, a cada oportunidad que la vida te ofrezca. No pierdas la ilusión, disfruta de cada cosa como si fuese la primera vez. No pierdas nunca la ilusión, no te dejes llevar por la autocompasión y la melancolía. Vive con esperanza, con la certeza de que Dios tiene un plan especial para TI y sin olvidar que tu máxima aspiración debe ser el ser feliz.


Y por último, aprende a ver lo bueno detrás de cada cosa mala, la lección detrás de cada error, la perseverancia después de cada caída. Aprende a valorar los pequeños detalles de la vida, esas cosas que nos han sido regaladas y puestas en nuestro camino como amapolas al borde de la carretera. Ten paciencia contigo misma, con Dios, con la vida. No pretendas que todo sea perfecto porque la perfección en sí misma no existe, somos nosotros quienes tenemos que abrazar las imperfecciones de la vida para hacerla perfecta a nuestra manera. Abraza tu vida tal y como es y quiérela no intentes cambiarla, adaptate a ella y disfrútala porque solo tienes una oportunidad para vivirla. Abrazate a ti misma y quierete, porque Dios te ha hecho bella y para Él, eres perfecta.