sábado, 28 de septiembre de 2013

Fontilles

Hoy, quiero hablaros de un lugar. Uno de esos lugares de película en los que te aíslas de la realidad, vives en paz y en el que es fácil encontrarse a uno mismo. Físicamente, se encuentra en el punto de confluencia de los cuatro elementos. Y es que, por todos lados, la tierra está plagada de pinos, abetos, cipreses, naranjos limoneros, hibiscos, madreselva, buganvillas y otras plantas cuyos nombres no conozco pero cuya belleza no dejo de admirar. El agua está presente allá donde mires, tanto a lo lejos en el horizonte, confundiéndose casi con el cielo, así como en las fuentes que a lo largo del camino, en los lugares más recónditos, te puedes encontrar. El aire... el aire es fresco, suave, agradable y desintoxica de todo malestar. Yo no creo que el aire pueda tener literalmente estas propiedades, la verdad. Solo sé que la corriente que viene del mar se mezcla con la de la montaña generando una constante y suave brisa con la capacidad de disolver toda preocupación. Y en cuanto al fuego... está presente en los ojos chisporroteantes de todos sus habitantes cuando cuentan, con emoción, sus vivencias y aventuras de épocas pasadas.


Y es que el lugar del que os hablo, como habréis notado, es un lugar especial. Se trata de un pueblo construido por y para la gente que lo habitó, un refugio para muchos, una esperanza para otros y un hogar para todos. Está rodeado por una muralla de tres kilómetros construida a base del esfuerzo y el sudor de su gente, alzada para contener y aislar tantos sueños e ilusiones. Os preguntaréis de qué lugar se trata y quién es toda esa gente. Os lo diré: eran enfermos de lepra, leprosos.

La lepra, una enfermedad temida y estigmatizada por la sociedad, aun hoy en día cuando un simple antibiótico puede matar a la bacteria que causa esta enfermedad. Así de hiriente es la ignorancia.

Hoy, este lugar ya no es lo que era, ya no están esas 500 personas que, en su día, forjaron su vida en aquel pueblo sino que tan solo quedan los restos de lo que fue, por entonces, su hogar. Cualquiera con una mínima capacidad de observación podría descubrir, sin embargo, esos pequeños detalles que delatan que ese pequeño pueblo fue el centro de muchas historias y mi mente, que es curiosa, se pregunta a menudo cómo tuvo que ser la vida ahí, qué pudo haber pasado en esa esquina, en aquel banco, cerca de esa fuente o en la mesa de aquel bar.


Hay muchas cosas que no sé y que seguramente nunca sabré pero, por suerte, he tenido la oportunidad de conocer este lugar, de ir, y de dejar en él mi pequeña huella. Y es que, en realidad, a penas he mencionado el tesoro de este lugar: la gente. Este pueblo sigue siendo el hogar de muchas personas, la mayoría personas mayores, pero todas ellas, sea cual sea su edad, sexo, labor o procedencia, me parecieron fascinantes. Gracias al trato con ellas he apreciado la verdadera fragilidad del ser humano, de lo fugaz que es en realidad el tiempo, de lo efímeras que son la mayor parte de las cosas de la vida, de la importancia de poseer un espíritu servicial, de que son los pequeños detalles los que marcan la diferencia, de lo esencial de la escucha, de que nacemos y morimos como niños y de lo fácil que es hacer que alguien sonría. 


Personas como Juanito me han enseñado que los chistes siempre han existido y, gracias a otras como Tito, he aprendido a no infravalorar el precio de las cosas más sencillas, como el de un cochecito de juguete, porque muchas veces, en estas, encontramos nuestra felicidad. Lo cierto es que sin saber cómo, ni cuándo ni porqué, todas las personas que conocí en mi estancia allí, se han hecho su pequeño hueco en mi corazón. Por eso, seguramente ahora, cosas tan frívolas como una manicura me toquen el corazón y me recuerden a Isabel. Tal vez la gente que da de comer a las palomas me haga pensar en Ginés, los vestidos rojos en Teresa y... bueno, no hace falta nada particular para acordarse de Mariano. Y sé que si tengo un mal día solo con pensar en Amparo, aún sin pretenderlo, se me escapará una sonrisa.


Estas experiencias te hacen crecer como persona, te hacen madurar y te ablandan el corazón. Te das cuenta de que no hay nada más gratificante que ponerte al servicio de los demás, que entregarte desinteresadamente, comprometerte y buscar hacer que la vida de los que te rodean sea más agradable. 

Estas experiencias, a mi personalmente, me acercan a Dios. Hubo un momento de mi estancia en el que rodeada por un paisaje tan sobrecogedor y en un lugar que desprendía tanta paz, me pregunté como es posible que haya gente que no crea en Dios, en un primer ser Creador. Porque, si no hay primer creador, ¿acaso todo lo que nos rodea es fruto de una casualidad? La belleza no puede ser fruto de la casualidad. Yo soy de las que piensa que detrás de todo, está Dios. Porque cada detalle de la naturaleza con el que nos extasiamos, cada momento especial, cada experiencia y cada persona que pasa por nuestra vida y se queda en nuestro corazón, no es más que un regalo a través del cual Él quiere demostrarnos su amor.