"Lo que más me frustraba era ver como mendigaba amor, como trataba de aplacar esa sed de infinitud por la que su corazón ardía, conformándose con unas migajas del cariño pasajero que él podía ofrecer.
Vi como eso iba desgastando su interior, vi cómo poco a poco se iba transformando en ese tronco desnudo que presentan los árboles al final del otoño, cómo sus hojas, poco a poco caían, desgastadas, desgastadas como su amor, ese amor que la fue apagando, desnudando. Y en las frías mañanas tuve ganas de abrazar ese tronco rígido, frío, quise reparar su corazón quebrado y hacer perennes sus hojas. Y fueron cayendo, y su tronco ennegreciendo.
Y al verla sufrir recordé aquel pasaje de cierto libro que una vez leí que decía que el amor nunca se malgasta, aunque no te lo devuelvan en la misma medida que mereces o deseas y que los corazones rotos se curan, los corazones protegidos acaban convertidos en piedra. Y en la oscuridad recé para que su corazón no se endureciera y que aprendiera de su desnudez.
Que aprendiera a diferenciar la luz de lo efímero del mundo que ciega y nubla los sentidos de la luz eterna que conquista el corazón y enaltece el alma. Que aprendiera que el corazón que había recibido era tan digno y sagrado que tan solo lo puro podía hacerlo brillar, que tan solo podía abrirle las puertas a aquello que lo fuera a ensalzar. Que fuera consciente de su fragilidad, de su sed de amor, que no tenía que ser nada, pues ya lo era, y que debía buscar a alguien que la amase a pesar de su pequeñez, es más, a causa de ella.
Que le hiciera recordar que era pequeña.
Y el tiempo pasó, y sus ramas quebradizas temblaban en las frías mañanas. Hasta que llegó él. Fue una tarde, con el sol poniente, llegó como una brisa, una brisa ligera que arropó su tronco desconchado y que hizo temblar las últimas hojas amarillentas que se resistían a caer, como las viejas cicatrices de los viejos corazones, esas que los endurecen. Y él con dulzura acompañó su caída, meciéndolas, haciendo liviano su vuelo. La despojó de todo aquello que podía alejarla de él, trató de evitar que las heridas quedaran abiertas, trató de pintar las cicatrices, trató de engrandecer su pequeñez, trató de hacerla relucir.
Pero sabía que él sólo no podía y le pidió que se girase hacia el Sol levante, para que la luz, esa Luz que viene a salvar al mundo de las tinieblas cada mañana, hiciese salir nuevas hojas en ese tronco húmedo para que, al fin, tantas tormentas diesen su fruto y floreciese, como un pequeño girasol.
Y ella entendió que aquello era lo que su corazón buscaba, que ahí era donde su alma quería reposar, que ahí era donde se hallaba la felicidad.
Y hoy extiende sus brazos y demuestra que el alma puede partir el cielo en dos y dejar que el rostro de Dios brille a través de las nubes. "