domingo, 29 de diciembre de 2013

Sobran las palabras

Todas las historias tienen un principio, todas empiezan con un folio en blanco. 
Todas las historias se empiezan a escribir de cero, boli en mano, férrea voluntad de crear algo hermoso, plasmar algo memorable. 
Todas las historias se empiezan con el vértigo que da ese blanco, ese vacío que espera a ser completado.


Siempre está ese miedo a equivocarnos, a no escribir lo que queremos o a no hacerlo como de verdad queremos. Siempre queda el miedo a no saber plasmar en una hoja todo lo que tenemos en nuestra cabeza, a desgastar el papel, a echar las páginas a perder, a malgastar nuestro tiempo escribiendo una historia sin sentido. Porque lo peor que hay en esta vida son las historias sin sentido, los argumentos absurdos. Si una historia no lleva a ninguna parte... ¿para qué escribirla? El problema es que nadie sabe si va a tener sentido o no. No hay previa advertencia, no hay una señal que diga "calle sin salida" y a veces no queda otra opción que tomar la calle y enterarte por ti mismo de que no lleva a ningún lado. Y te topas de bruces con que no hay salida, y te frustras porque tienes que dar la vuelta, porque creías ir bien encaminado y ha sido en vano. Y te invade esa rabia al ver que estás retrocediendo. 


Pero tomas nota. Y así, a la próxima, lo sabrás, o eso suelen decir, que de los errores se aprende. Pero a veces la lección no compensa la frustración fruto de la equivocación, o eso solemos pensar. Ojalá tuviésemos la certeza, la certeza de que vamos por buen camino, de que lo estamos haciendo bien. Ojalá las indicaciones fuesen más claras, ojalá el camino fuese de una sola calle y una sola dirección, ojalá supiésemos interpretar mejor las señales.

Ojalá Dios hablase más claro y ojalá le entendiésemos mejor.

Pero el caso es que no lo hace y supongo que será por algo, supongo que será para que confiemos en Él, en sus planes que, a pesar de no conocer, iremos cumpliendo si, con fe, le decimos "hágase tu Voluntad". Y que no sea una muda petición agitada, sino una oración con el corazón.


Da igual que no sepamos qué está por venir, da igual si tomamos la decisión incorrecta, porque la vida siempre da oportunidades para enmendar los errores y estos son necesarios para aprender, para crecer. Tal vez si tuviésemos esa anhelada certeza, si supiésemos cómo van a salirnos las cosas, la vida perdería ese punto inquietante de intriga y emoción porque, total, ya conoceríamos nuestro devenir. Y haríamos las cosas bien sabiendo que las estamos haciendo bien y haríamos las cosas mal sabiendo que las estamos haciendo mal. Perderíamos la pasión que ponemos al hacer las cosas. 

Porque si empezamos una historia lo hacemos poniendo toda nuestra ilusión, toda nuestra pasión y toda nuestra esperanza en que salga bien. Porque, el no saber cómo acabará, nos motiva a dar el cien por cien, a luchar por cumplir la probabilidad de éxito. Y a cada vez que nos embarcamos en una nueva aventura lo hacemos con renovada ilusión, con el empeño, tras varios fracasos tal vez, de que en esta ocasión todo salga bien. Sin miedo, con esperanza, apostando por una victoria pero sin temer la derrota. Porque hay que tener el valor y el coraje necesarios para equivocarse, porque al final sino acabaremos equivocándonos por miedo a equivocarnos. Henry Ford dijo que "fracasar es tener la oportunidad de volver a intentarlo de forma más inteligente" y Charles James que "las cosas no salen mal para amargarte y rendirte. Son para romperte y reconstruirte, y que puedas ser todo lo que debías ser", y no podrían tener más razón.


La vida es algo muy grande compuesto por cosas pequeñas, avanza paso a paso, día a día, ofrece oportunidades, bifurcaciones en el camino, puntos de inflexión para que podamos cambiar de opinión, para que podamos rectificar, mejorar, crecer. Nos ofrece todas las herramientas para que cada uno cree la mejor versión de sí mismo, para ser felices y para que hagamos felices a los demás, para que no nos conformemos, para confiar.

Confiar en ese Dios que es Padre, que todo nos ha dado y que quiere seguir dándonos. Pero está esperando a que tú, yo, todos, le abramos el corazón y se lo pidamos. No con una oración agitada, no queriendo imponer nuestros planes, no queriendo resolverlo todo a nuestra manera sino dejándole ser Dios, abandonándonos, confiando. Y después, disfrutando de las cosas, las oportunidades y las personas que nos va mandando para que crezcamos, amemos y seamos felices.


sábado, 7 de diciembre de 2013

Light your soul

Creo que al mundo le sobra inercia y le falta fuerza motriz.
Vivimos en un mundo tan frenético e inmediato que a veces salir del ritmo incesante que llevamos resulta imposible. Es como tratar de escapar al giro de una espiral. La inercia nos consume y nosotros nos dejamos arrastrar. 
Y lo cierto es que en nuestra comodidad rutinaria dejamos la vida pasar. 
Y se supone que no tendría que ser así, que lo nuestro es un paso por la vida, que no deberíamos dejarnos atropellar por ella.
Se supone, sí.

¿Por qué ese ritmo frenético? ¿Por qué ese dejarse llevar? 
¿Por qué permanecer en la comodidad? ¿Por qué conformarse?

La comodidad es destructiva, la resignación, la falta de inquietudes en nuestra vida son nuestra perdición.
Tampoco creo que haga falta mucho. No estoy pidiendo lo imposible. Solo parar, de vez en cuando, y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra vida, con nuestro tiempo; si lo que hacemos merece la pena, si nos hace felices, si hacemos felices, si estamos haciendo algo grande de la vida que nos ha sido dada.

"Hacedlo todo por Amor -así no hay cosas pequeñas, todo es grande.-" decía San Jose María Escribá. Amor es sinónimo de grandeza, entrega es sinónimo de Amor y poner Amor en las cosas pequeñas las hace grandes.

Decía también este santo que "todo lo que ahora te preocupa cabe dentro de una sonrisa". Y es que vivimos tan acelerados, estresados y agobiados que hacemos un mundo de lo mínimo que nos pasa y, tan perdidos en nuestras preocupaciones, olvidamos que hay otro mundo, mucho más grande y mucho más necesitado de nosotros que nosotros mismos.
No debería haber motivo suficiente para borrar nuestra sonrisa. No debería. Porque no hay motivo con suficiente peso como para bajar las comisuras de tus labios sonrientes porque, a pesar de todo, en nuestra vida siempre habrá más cosas buenas que malas. Solo que tenemos que encontrarlas. Y no las vemos, porque nos encanta la autocompasión. No las vemos, porque las damos por sentadas. No las vemos porque no somos agradecidos, ni humildes, y creemos merecer más de lo que ya tenemos. Porque somos arrogantes. 
El otro día un amigo me dijo que la gente que es agradecida es más feliz. Y qué razón tiene porque, si de verdad nos diésemos cuenta de la cantidad de cosas buenas que nos pasan a diario, de la cantidad de regalos que nos ofrece el día a día... no podríamos no sonreír, no podríamos no dar gracias a Dios. Y sí, seríamos más felices, porque seríamos más conscientes de Su Amor y veríamos Su mano actuando en nuestras vidas como la suave caricia de un padre al rostro de su hijo.

"Lo que pasa es que el mundo no quiere escuchar, no vaya a ser que vea, que entienda y se empape de esta alegría que Él nos quiere regalar, no vaya a ser que vea, se convierta y se sane".
Y no temas a la luz, no tengas miedo a ser feliz. No temas abrazar los regalos del día a día ni tengas miedo a sufrir. Porque tal vez ese sufrimiento sea tu medio de santificación, porque no sabes qué Plan tiene Dios para ti y porque sabes que, hagas lo que hagas, Él  nunca dejará de amarte.


"Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida" (Jn 8,12)