Todas las historias tienen un principio, todas empiezan con un folio en blanco.
Todas las historias se empiezan a escribir de cero, boli en mano, férrea voluntad de crear algo hermoso, plasmar algo memorable.
Todas las historias se empiezan con el vértigo que da ese blanco, ese vacío que espera a ser completado.
Siempre está ese miedo a equivocarnos, a no escribir lo que queremos o a no hacerlo como de verdad queremos. Siempre queda el miedo a no saber plasmar en una hoja todo lo que tenemos en nuestra cabeza, a desgastar el papel, a echar las páginas a perder, a malgastar nuestro tiempo escribiendo una historia sin sentido. Porque lo peor que hay en esta vida son las historias sin sentido, los argumentos absurdos. Si una historia no lleva a ninguna parte... ¿para qué escribirla? El problema es que nadie sabe si va a tener sentido o no. No hay previa advertencia, no hay una señal que diga "calle sin salida" y a veces no queda otra opción que tomar la calle y enterarte por ti mismo de que no lleva a ningún lado. Y te topas de bruces con que no hay salida, y te frustras porque tienes que dar la vuelta, porque creías ir bien encaminado y ha sido en vano. Y te invade esa rabia al ver que estás retrocediendo.
Pero tomas nota. Y así, a la próxima, lo sabrás, o eso suelen decir, que de los errores se aprende. Pero a veces la lección no compensa la frustración fruto de la equivocación, o eso solemos pensar. Ojalá tuviésemos la certeza, la certeza de que vamos por buen camino, de que lo estamos haciendo bien. Ojalá las indicaciones fuesen más claras, ojalá el camino fuese de una sola calle y una sola dirección, ojalá supiésemos interpretar mejor las señales.
Ojalá Dios hablase más claro y ojalá le entendiésemos mejor.
Pero el caso es que no lo hace y supongo que será por algo, supongo que será para que confiemos en Él, en sus planes que, a pesar de no conocer, iremos cumpliendo si, con fe, le decimos "hágase tu Voluntad". Y que no sea una muda petición agitada, sino una oración con el corazón.
Da igual que no sepamos qué está por venir, da igual si tomamos la decisión incorrecta, porque la vida siempre da oportunidades para enmendar los errores y estos son necesarios para aprender, para crecer. Tal vez si tuviésemos esa anhelada certeza, si supiésemos cómo van a salirnos las cosas, la vida perdería ese punto inquietante de intriga y emoción porque, total, ya conoceríamos nuestro devenir. Y haríamos las cosas bien sabiendo que las estamos haciendo bien y haríamos las cosas mal sabiendo que las estamos haciendo mal. Perderíamos la pasión que ponemos al hacer las cosas.
Porque si empezamos una historia lo hacemos poniendo toda nuestra ilusión, toda nuestra pasión y toda nuestra esperanza en que salga bien. Porque, el no saber cómo acabará, nos motiva a dar el cien por cien, a luchar por cumplir la probabilidad de éxito. Y a cada vez que nos embarcamos en una nueva aventura lo hacemos con renovada ilusión, con el empeño, tras varios fracasos tal vez, de que en esta ocasión todo salga bien. Sin miedo, con esperanza, apostando por una victoria pero sin temer la derrota. Porque hay que tener el valor y el coraje necesarios para equivocarse, porque al final sino acabaremos equivocándonos por miedo a equivocarnos. Henry Ford dijo que "fracasar es tener la oportunidad de volver a intentarlo de forma más inteligente" y Charles James que "las cosas no salen mal para amargarte y rendirte. Son para romperte y reconstruirte, y que puedas ser todo lo que debías ser", y no podrían tener más razón.
La vida es algo muy grande compuesto por cosas pequeñas, avanza paso a paso, día a día, ofrece oportunidades, bifurcaciones en el camino, puntos de inflexión para que podamos cambiar de opinión, para que podamos rectificar, mejorar, crecer. Nos ofrece todas las herramientas para que cada uno cree la mejor versión de sí mismo, para ser felices y para que hagamos felices a los demás, para que no nos conformemos, para confiar.
Confiar en ese Dios que es Padre, que todo nos ha dado y que quiere seguir dándonos. Pero está esperando a que tú, yo, todos, le abramos el corazón y se lo pidamos. No con una oración agitada, no queriendo imponer nuestros planes, no queriendo resolverlo todo a nuestra manera sino dejándole ser Dios, abandonándonos, confiando. Y después, disfrutando de las cosas, las oportunidades y las personas que nos va mandando para que crezcamos, amemos y seamos felices.
.jpg)

.jpg)
.jpg)
.jpg)