sábado, 7 de diciembre de 2013

Light your soul

Creo que al mundo le sobra inercia y le falta fuerza motriz.
Vivimos en un mundo tan frenético e inmediato que a veces salir del ritmo incesante que llevamos resulta imposible. Es como tratar de escapar al giro de una espiral. La inercia nos consume y nosotros nos dejamos arrastrar. 
Y lo cierto es que en nuestra comodidad rutinaria dejamos la vida pasar. 
Y se supone que no tendría que ser así, que lo nuestro es un paso por la vida, que no deberíamos dejarnos atropellar por ella.
Se supone, sí.

¿Por qué ese ritmo frenético? ¿Por qué ese dejarse llevar? 
¿Por qué permanecer en la comodidad? ¿Por qué conformarse?

La comodidad es destructiva, la resignación, la falta de inquietudes en nuestra vida son nuestra perdición.
Tampoco creo que haga falta mucho. No estoy pidiendo lo imposible. Solo parar, de vez en cuando, y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra vida, con nuestro tiempo; si lo que hacemos merece la pena, si nos hace felices, si hacemos felices, si estamos haciendo algo grande de la vida que nos ha sido dada.

"Hacedlo todo por Amor -así no hay cosas pequeñas, todo es grande.-" decía San Jose María Escribá. Amor es sinónimo de grandeza, entrega es sinónimo de Amor y poner Amor en las cosas pequeñas las hace grandes.

Decía también este santo que "todo lo que ahora te preocupa cabe dentro de una sonrisa". Y es que vivimos tan acelerados, estresados y agobiados que hacemos un mundo de lo mínimo que nos pasa y, tan perdidos en nuestras preocupaciones, olvidamos que hay otro mundo, mucho más grande y mucho más necesitado de nosotros que nosotros mismos.
No debería haber motivo suficiente para borrar nuestra sonrisa. No debería. Porque no hay motivo con suficiente peso como para bajar las comisuras de tus labios sonrientes porque, a pesar de todo, en nuestra vida siempre habrá más cosas buenas que malas. Solo que tenemos que encontrarlas. Y no las vemos, porque nos encanta la autocompasión. No las vemos, porque las damos por sentadas. No las vemos porque no somos agradecidos, ni humildes, y creemos merecer más de lo que ya tenemos. Porque somos arrogantes. 
El otro día un amigo me dijo que la gente que es agradecida es más feliz. Y qué razón tiene porque, si de verdad nos diésemos cuenta de la cantidad de cosas buenas que nos pasan a diario, de la cantidad de regalos que nos ofrece el día a día... no podríamos no sonreír, no podríamos no dar gracias a Dios. Y sí, seríamos más felices, porque seríamos más conscientes de Su Amor y veríamos Su mano actuando en nuestras vidas como la suave caricia de un padre al rostro de su hijo.

"Lo que pasa es que el mundo no quiere escuchar, no vaya a ser que vea, que entienda y se empape de esta alegría que Él nos quiere regalar, no vaya a ser que vea, se convierta y se sane".
Y no temas a la luz, no tengas miedo a ser feliz. No temas abrazar los regalos del día a día ni tengas miedo a sufrir. Porque tal vez ese sufrimiento sea tu medio de santificación, porque no sabes qué Plan tiene Dios para ti y porque sabes que, hagas lo que hagas, Él  nunca dejará de amarte.


"Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida" (Jn 8,12)


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