El ser humano es peculiar. Bueno, para qué engañarnos: somos raros, y raros de narices.
Somos la única especie que vive angustiada por lo que vaya a pasar, sufriendo por adelantado acontecimientos inexistentes, los únicos que vivimos constantemente en el pasado y temiendo al futuro. Somos los únicos que vivimos en un absurdo, alimentados de sueños que no nos atrevemos a perseguir, los que vivimos siempre insatisfechos, los que perdemos el tiempo pensando en cosas que nunca pasarán, los que siempre queremos más. Somos los ilusos que pretendemos que la máxima de nuestra acción se vuelva ley y modelo universal.
Somos los que tenemos la capacidad de alcanzar lo más alto y hundirnos en lo más bajo, los únicos capaces de tropezar dos veces con la misma piedra y, además, encariñamos con ella. Somos los que tememos los juicios, los que tememos amar, renunciar, sufrir, perder... los que tememos temer. Somos los que nos tenemos a nosotros mismos como peores enemigos.
Y los únicos con sentido del humor.
Sí, no cabe duda de que somos peculiares pero la rareza fija el precio de las cosas. Y la rareza del ser humano le hace único, especial y a su vida, nuestra vida, digna de ser vivida.
Somos los únicos a los que no nos basta con sobrevivir, los que no valoramos ganar batallas mientras haya una guerra que vencer, los que nos enamoramos, los que logramos querer al prójimo porque sí y anteponemos su felicidad a la nuestra. Sí, somos los únicos capaces de fingir que estamos bien, de vencer nuestro egoísmo y querer sin condiciones, los que tenemos voluntad para no ceder a nuestros deseos. Somos los únicos con libertad para elegir equivocarnos y los únicos con inteligencia para aprender de nuestros errores.
Somos a los que nos vive la vida más de lo que la vivimos, y los que vivimos soñando con un final feliz para "ser felices y comer perdices" cuando, a la hora de la verdad, no solo son felices los que comen perdices.