"Cuando me pidió que le contase como era dudé, pero luego creí que era lo más justo para ella. La tomé en mis brazos y la senté en mis rodillas:
-Era de esas personas que tienen miradas que leen el alma, miradas profundas y sinceras. Creo que eso fue lo que me enamoró. Eso y su sonrisa. Era de esas sonrisas que derriten corazones. Todo en él te invitaba a quererlo, porque todo en él enamoraba y porque el estaba lleno de un Amor mayor. El fuego en sus ojos te reconfortaba, la sonrisa en sus labios te alegraba con solo mirarle. Cuando estaba con él me sentía feliz, liviana, despreocupada, segura... y tenía ese don de despertar en mí los mejores sentimientos, porque él veía siempre lo mejor de mi. Creo que a su lado aprendí a ser mejor persona. Confiaba en mí y así aprendí a confiar yo en mi misma. Se reía de mí y así aprendi yo a reirme de mi misma y de mis errores. Siempre me pregunté cómo lo hacía, pero tenía una palabra de aliento para cada momento de desesperación, una palabra de consuelo para cada momento de tristeza... un beso para cada error. Poseía el talento de aliviar el dolor, de hacer que el tiempo parara y de hacer que todo perdiese importancia. Podía hacerte sentir la mujer más importante, las más especial. Podía engrandecer hasta el más nimio detalle y endulzar hasta el más amargo de los momentos... Y sí hija mía, tenía un alma vibrante, llena del amor de Dios, vivía en la oración, con gran fe y esperanza en la providencia.
Suspiré perdida en mis recuerdos y miré, a través de una cortina de lágrimas, los dulces ojos de mi hija en los que la genética empezaba a alumbrar un suave fuego que me era familiar.
-¿Y porqué le dejaste ir?
-No le dejé ir. Fue un regalo de la vida al que me aferré y aprendí siempre que pude. Fue un modelo y compañero hasta el último día.
-¿Y entonces que pasó?
-Que un día su Amado le reclamó."

















