Yo era esa niña que pregunta y busca el porqué de todo. Esa niña cándida e inocente que cree que todo es verdad y que si quiere, puede volar. Una niña que creía en la magia, que era capaz de soñar despierta, de viajar a otro mundo donde la libertad era un derecho y la música una simple realidad. Una niña con la certeza de que las estrellas fugaces cumplen deseos y de que llorando se consigue todo. Una niña que aseguraba que las estrellas son las almas de los que ya no están aqui y que un beso puede curar cualquier herida.
Yo era esa niña.
Lo era, y lo sigo siendo.
Todos llevamos a ese niño en nuestro interior y lo sentimos cuando nos frustramos con la vida y no entendemos porqué pasan las cosas preguntándole desesperadamente a Dios ¿por qué?¿por qué a mí? Lo notamos cuando somos inocentes y nos engañan, cuando ingenuamente nos creemos las palabras dulces susurradas al oído con ternura, cuando ciegamente, creemos y confiamo
s en que eso, es lo que llaman amor.
s en que eso, es lo que llaman amor.
Pero ese niño pequeño es el que nos hace libres, el que, en mitad del ruido y de la vertiginosa velocidad del día a día, trae una suave melodía y sueña con cosas que nunca pasarán, con aspiraciones más allá de la realidad. El que sigue con docilidad las palabras que Dios susurra al oído de nuestro corazón. Ese niño es el que nos enseña a amar abiertamente, el que nos ayuda a tener un alma feliz, el que nos hace sonreír. Ese niño es el que nos hace confiar, ver lo mejor de cada persona, la razón por la que tenemos fe.
Por eso, aunque el tiempo pase, jamás acallaré el trinar de la risa del niño que sigue en mi interior y sí, día tras día, seguiré pensando que el mayor poder lo tiene Dios y que puede curar la más profunda de las heridas.

Eres una artista querida, me encanta
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