lunes, 2 de noviembre de 2015

La belleza del mundo

Las gotas, ligeras, golpeando las hojas de los árboles a un compás irregular, creando, en un susurro, una sinfonía de sonidos. Los rayos de luz sin cejar en su empeño, tratando de abrirse paso entre las nubes. El ruido de la lluvia martilleando mi ventana, las puntas de los árboles desteñidas por el otoño. A mi lado, una taza de café, en el corazón, la certeza de que el ser humano está sediento de belleza. 

Nos referimos a la belleza como «propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual». Y a mi no me convence. 
No creo que la belleza esté allí donde estén las cosas, no concibo que sea una propiedad como tal, sino que la belleza está ahí, es. La belleza es eterna porque, antes de que hubiese nada, la belleza ya existía.

Sí, codiciamos la belleza. No nos preocupamos por definirla, sólo por encontrarla y ser capaces de reconocerla. Por eso, a diario, emprendemos un viaje en su búsqueda, una búsqueda en la que no somos del todo inexpertos pues, en el fondo, a la belleza todos la conocemos bien: se esconde bajo las formas más diversas, es subjetiva, alegre, sincera, auténtica, sencilla...Le habla a nuestro corazón, despertando en él el anhelo de no dejarla escapar, el deseo de sumergirse en ella, de mimetizarse con ella y ser bello también.

Viajamos. Vivimos. Descubrimos. Y esta belleza parece hacerse más evidente, se manifiesta con fuerza ante nosotros en aquello que es distinto, misterioso, en lo que no conocemos. Rincones del mundo, vírgenes, salvajes, lugares desconocidos en los que el silencio, cómplice, nos invita a la contemplación. Rincones del mundo y de la personalidad. Viajamos a diario, a través de los sueños, la imaginación, los recuerdos; a través de la mirada, de los sentidos... A través del Amor. Así, sorprendemos a la belleza, viajando escondida, huyendo de la monotonía, en cada conversación, en cada persona con la que nos encontramos y en cada cosa que hacemos, y por eso, las cosas nunca son sólo cosas.

Muchas mañanas me reciben con el abrazo del amanecer, otras veces son las tardes las que, nostálgicas, me dejan un dulce sabor de boca con su atardecer. Y son esos momentos, cuando los colores envolventes llenan mi retina con su calidez, en los que mi alma se estremece al ser consciente de estar contemplando algo que el ser humano no puede crear, al sentir que «sólo Dios es capaz de crear obras maestras, absolutamente únicas, mientras que el Hombre sólo sabe imitar.»


Sí, la belleza es eterna.
Y entiendo que Dostoievski dijera que la belleza salvará al mundo, porque es cierto que «la verdad se detiene en la inteligencia, pero la belleza penetra en el corazón».  

El Hombre es bello, y puede tratar de crear belleza y hasta de darle una explicación, una definición, puede decir qué es, pero no por qué es. 
La ausencia inmediata de respuesta a ese porqué conduce irremediablemente a plantearse que, si la belleza responde a un para qué, tendrá que haber un quién. Y al preguntarme para qué existe la belleza, por qué cada tarde el sol se va, dejando el cielo en llamas, no puedo sino maravillarme al escuchar que la respuesta que late con certeza en mi corazón es: para tí.

Y así, la belleza del mundo, me sumerge en lo hondo del Amor de Dios.

Sí, creo que la belleza del mundo, la de las personas, la de sus gestos, la de la naturaleza, en definitiva, la de la Creación, es la belleza de Dios, es Su Huella. Es el regalo que el Hombre busca poseer y olvida admirar, que busca doblegar y deja de alabar. La belleza es la Voz que despierta algo en nosotros, porque es una voz familiar, que reconocemos, a la que pertenecemos: la Voz de Aquél que ha plasmado Su belleza en nuestra alma.


Vídeo: LA BELLEZA DEL MUNDO 
Dirección: Alejandra Barrenechea-Mercedes Sagüés-Iciar Urcelay
Fotografia: Nacho Pérez de Guzmán
Inspirado en "Autorretrato con Radiador"; Christian Bobin.