Cada día tiene veinticuatro horas. Cada año trescientos sesenta y cinco días. Cada vida algunos años y por tanto incontables horas.
Y pasamos un tercio de nuestras vidas durmiendo y dos tercios viviendo sin vivir.
Contamos los minutos y las horas, y sentimos que son pocas. Siempre necesitamos más, y, mientras lees esto, los segundos, ágiles y silenciosos, se van escapando, sin que nada podamos hacer para evitarlo.
Nuestra vida es una lucha contra el tiempo en la que en vano tratamos de salir vencedores, dándole a cada hora un ritmo vertiginoso del que ni nosotros mismos luego sabemos salir.
Tememos envejecer, crecer, perder... olvidamos ser eternamente jóvenes. La juventud es energía, vigor, frescura, es el primer tiempo de algo. Y si tenemos veinticuatro horas cada día, cada hora de ese día es el primer tiempo de un día, es la juventud de cada día.
Tenemos el regalo de ser jóvenes cada mañana del resto de nuestras vidas. Una juventud para disfrutarla, para vivirla, para entregarla, para dejarnos seducir por la belleza, por lo bueno de cada día, por lo raro y lo extraordinario y por lo ordinario de la rutina. Una vida para enamorarnos.
Enamorarnos de los detalles del día a día, como del frío de las mañanas soleadas de otoño y de los colores que trae esta estación, de la música de cada persona, de su ritmo, de los que prefieren bailar en vez de correr, de los que tienen sentido del humor, de los que hacen felices con solo sonreír, de los de risa contagiosa, de los que pierden la cabeza con facilidad, de los que te hacen soñar.
Y soñar con que nuestra foto preferida sea la del momento, la del aquí y el ahora.
De los que son libres y eternamente jóvenes. De los que se dejan seducir, de los que se dejan robar el corazón, es más, de aquellos que no temen dar su corazón, abrirlo de par en par. De los que nos enseñan a amar.
Si se nos ha regalado el don de la vida, la mejor manera de exprimir los sesenta segundos de cada minuto y los sesenta minutos de cada hora de cada día de nuestra vida es dándolos. Pues no en vano se dice que quien entrega su vida por amor, la gana para siempre.
Que no pase un día sin que pongáis vuestra sonrisa, vuestra alegría, vuestros dones y virtudes al servicio de los demás. Que no pase un día sin que perdonéis, pues no es el tiempo el que hace envejecer sino la falta de amor, y el perdón es la expresión máxima del amor. Que no pase un día sin que os dejéis sorprender, sin que os asombréis y os maravilléis por vuestra existencia.
Y así, viviréis una eterna juventud, la juventud del alma, la juventud del corazón.

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