Uno grande, de esos con años e historias, con ramas que, livianas y perezosas, cayeran en cascadas hasta rozar el suelo. Tener que apartarlas para adentrarme en su sombra, sentarme entre sus raíces y recostarme en su tronco dejando pasar las horas acompañada, tal vez, de un buen libro.
En las tardes de primavera cerrar los ojos para escuchar el ruido del viento meciendo las ramas, percibir la melodía de la naturaleza al atardecer, sentir que la brisa que oigo, siento, y sin embargo no veo, es tan real como cada latido de mi corazón. En las mañanas de verano cobijarme bajo sus ramas y su sombra para huir del calor. Esconderme, refugiarme a sus pies y ahí, sentirme pequeña, segura y confiada para dejar mi mente volar y soñar. Y en ese preciso instante, tomar conciencia de que estoy viva, sentir que todo a mi alrededor está vivo y que ya lo estaba mucho antes que yo. Saber que cada latido de esa tierra y cada soplo de ese viento son los que me insuflan vida y sentir entonces que esa vida es un regalo y que poder vivirla es un privilegio.
Nunca antes pensé que vivir fuese un privilegio y lo cierto es que, hoy, así me lo parece. Al mirar a mi alrededor no sólo veo toda esa vida que en su seno nos acoge, sino también todo ese extraño empeño del ser humano en acabar con ella y, como dijo Victor Hugo, produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha.
En mi mente aflora la idea de que tal vez yo podría haber sido otro de esos niños que no nacen porque sus latidos son demasiado tenues y sus cuerpos demasiado menudos para que alguien se atreva a reconocer que están vivos y merecen nacer. O, tal vez, mi sangre podría estar bañando la arena de alguna playa del Oriente Próximo por afirmar que hay una Sangre que se derramó por Amor por nosotros y que, cada día, limpia el pecado del mundo.
¿Cómo no sentirme privilegiada si ha sido esta la vida que me ha sido regalada?
Sé que me repito, que a menudo hablo de que nada tenemos que no hayamos recibido pero, lo cierto es que no puedo evitar que esta idea me remueva por dentro, porque, ¿acaso ante tal privilegio no debiera yo perder mi vida, darla, devolver cuanto he recibido para tratar de ganar la eterna?
Dice San Agustín que si no quieres sufrir, no ames, pero si no amas, ¿para qué quieres vivir?
Si lográsemos que nuestra vida fuese pura expresión de Amor todo el mundo vería el rostro de Dios, nadie podría decir que no le conoce, y todo el mundo encontraría Su presencia tan real, que viviríamos, realmente, el Cielo en la Tierra.
Bajo la sombra de mi sauce llorón la incertidumbre ante esta verdad agita mi corazón haciéndome tomar conciencia de mi pobreza y pequeñez. Y una frase de mi niñez vuelve con timidez a mi cabeza recordándome que no siempre el camino correcto es el más sencillo.Si lográsemos que nuestra vida fuese pura expresión de Amor todo el mundo vería el rostro de Dios, nadie podría decir que no le conoce, y todo el mundo encontraría Su presencia tan real, que viviríamos, realmente, el Cielo en la Tierra.
Efectivamente el camino del Amor no es el más sencillo porque, cuando se ama, se sufre, y sin embargo, es el amor lo que da precio a nuestras obras, nos recuerda San Francisco de Sales.
Y por eso hoy te quiero decir que no tengas miedo a adentrarte en ese camino y que, si lo haces, tan solo hazlo con sencillez y confianza, consciente de que ya estás salvado, y que no caminas solo puesto que todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.
Abre el corazón
Y lo entenderás.


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