jueves, 27 de junio de 2013

Sucedió mientras dormías

Me pregunto en qué parte del camino perdimos la inocencia, qué desavenida experiencia nos llevó a ver el mundo como un lugar frío e inhóspito. Qué fue lo que nos llenó de ganas de crecer, de adquirir al fin las capacidades para luchar y enfrentarnos al mundo.
La inocencia, la candidez infantil, la bondad por naturaleza de los niños... Muchas veces las echo de menos. Echo de menos el vivir sin preocupaciones, el sentirme siempre segura, el que mi mayor miedo, como en un niño, sea como mucho temer la oscuridad. Echo de menos en muchas personas la alegría infantil, el amor desinteresado, los colores de sus vidas. Lo echo de menos, y no se porqué.

Cada persona es un mundo, un planeta complejo y sin fin, un torbellino de emociones, de ideas, de historias y de circunstancias que hacen de cada una un ser único e inigualable. Yo compararía a las personas con los libros porque, a mi parecer, hay una innegable e irremediable similitud entre ambos, con la excepción de que nosotros somos autores de nuestro guión y que, este, está aún sin acabar. 


Por ejemplo, muchas personas son como los cuentos: fáciles de leer, de contar y de entender. Son personas sencillas, simples, de las que siempre quieres tener en tu vida porque son cómodas y un recurso eficiente a tener siempre a mano. Muchas otras son novelas, personas de lectura fina, en las que hay que saber buscar entre líneas para entenderlas, saber reunir todos los detalles para así poder esbozar un esquema de su compleja y sofisticada personalidad. Son pozos sin fondo de esos que te sorprenden a diario con nuevas facetas, nuevas ideas y nuevos rasgos de personalidad que jamás podrían predecirse. Otros muchos son obras de teatro, personajes que te hacen sonreír, que te hacen vivir escenas surrealistas y que, ante todo, escriben un guión cargado de sentido del humor. Estas personas, lo reconozco, suelen tener cierto punto de excentricidad. Son estrambóticas y destartaladas y eso les hace tener algo atractivo, algo que te arrastra inconsciente e inevitablemente, atrayéndote hacia ellas, entrelazándote en el guión de sus, cuanto menos, peculiares vidas. 


Por estas y muchas otras comparaciones... me fascinan las personas. Y de veras pienso que, de entre todas las creaciones, el ser humano es, sin lugar a dudas, la más perfecta. Las personas son intrigantes y complejas, son divertidas, entretenidas, algunas más que otras, sí, pero en su esencia, todas lo son porque todas son diferentes. Cada una tiene un pasado sobre el que ha forjado un presente que determinará su futuro. Cada una es una caja de sorpresas, con dones, talentos y una personalidad única. Cada una ha sido modelada con cariño y  creada con amor por Dios. Y, por eso, el ser humano tiene una cualidad sobrecogedora... su inmensa capacidad de amar. ¿Hasta que punto puede llevar el amor? Es una pregunta que me hago a menudo y, cuanto más me la hago, más convencida estoy de que el amor no tiene limites. El ser humano, cuando ama, puede ser la más dócil de las criaturas, o la más impulsiva, o la más agresiva... a fin de cuentas, la más impredecible. Bendita capacidad de amar, es lo único que jamás podremos olvidar. Nacemos con ella y morimos con ella. Pero el momento en el que mejor la sabemos aprovechar es cuando somos niños. Ojalá todos podamos recuperar la inocencia, la capacidad de pensar en el aquí y en el ahora, el actuar movidos por el corazón y no por el interés, el decir las cosas sintiéndolas, el ser sinceros, espontáneos,vivir sin disfraces y sin preocupaciones.
Ojalá podamos despertar un día y recuperar la pureza de quien ama sin reservas.


No hay nada más admirable que los actos hechos por amor.
No hay nada más emotivo que la mirada de amor de una madre a su hijo. 
No hay nada mejor en esta vida que que te hagan reír... reír hasta llorar. 
No hay nada más noble que un corazón abierto y sincero. 
No hay nada más provechoso que un abrazo cuando más lo necesitas.
Ni nada comparable a la ayuda de una buena amiga que te quiere, como la de Pati.

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