Sentada ante este folio en blanco espero a que fluyan las palabras, los recuerdos de este año que no ha acabado sino que, más bien, no ha hecho más que empezar. Pues todas las semillas que en él hemos sembrado poco a poco en este nuevo año florecerán y darán fruto:
Todas las lecciones aprendidas renovarán nuestras acciones, todos nuestros errores nos harán más sabios, todas nuestras caídas nos ayudarán a caminar más firmes, todo lo que hemos aprendido nos armará frente a las incongruencias de la vida, todo lo que hemos perdido nos hará valorar lo que tenemos, todos nuestros sueños nos incitarán a pensar en grande, todas nuestras decisiones nos darán alas para volar más libres y todas las personas que se hayan incorporado a nuestro viaje nos harán caminar mejor acompañados. De nosotros depende el fruto, de lo que reguemos esa semilla que en alguno de los días pasados plantamos, de nosotros dependerá lo que vaya a germinar. Por eso, este año no ha terminado, sino que no ha hecho más que empezar.
Solemos llenarnos de grandes propósitos, retos y objetivos cuando llega el primer día de los 365 de un nuevo año y este corazón inquieto que hoy escribe no es una excepción, por eso, ambicioso, sueña con logros y futuros grandes proyectos. Pero algo me frena, el Dulce Huésped de mi alma, que con firmeza ahora endereza estos renglones, como ha enderezado los 365 precedentes, abre mis ojos para hacerme ver que la grandeza que yo anhelo no está encaminada hacia el éxito, no está en lo más visible, sino en lo más oculto, en lo más pequeño y sencillo, en lo que nadie ve, en lo que nadie presta atención ni se preocupa de si está o deja de estar, como ese Dios que se hace Niño en Belén.
Una mirada nueva, ojos nuevos para redescubrir lo que ya conozco, eso le pido a este nuevo año. Que cada día sea extraordinario y no porque pase nada fuera de lo normal, porque eso no suele pasar, sino porque yo vea lo excepcional en la oportunidad de vivir una nueva aventura cada día. Ojos nuevos que descubran lo que nadie ve, ojos que escruten constantemente cielo y tierra buscando a Dios, ojos que se crucen con muchas miradas, miradas que hagan que me sobrecoja. Miradas que lleguen al alma, profundas, sinceras, miradas que cautiven, que conecten, que creen una magia que me robe el aliento por miedo a que el compás de mi respiración rompa esa dulce melodía. Miradas que perdonen, miradas que no rehuyan la verdad. Mirar a los ojos para conocer los secretos e inquietudes de cada mente y cada corazón, para llenar la soledad, para dar calor al frío corazón. Coleccionar miradas en ojos que rían, que guiñen, que lloren. Ojos que vivan y que retengan grabada a fuego en sus retinas la imagen de aquellos que se apaguen.
Quisiera mirar distinto, mirar mejor, reenfocar, limpiar mi lente, tener una mirada transparente que afronte la vida sin prejuicios, sin hastío, sin miedo a sufrir, sin desconfianza, sin rutina. Como la mirada de un niño, que descubre y se sorprende, maravillado, de lo que ofrece la vida, hasta lo más pequeño de esta. Mirar a cada persona con amor, con una mirada que no deje indiferente, una mirada que se asome a ese espejo del alma y reblandezca el corazón. Ojos nuevos, sí, y un corazón nuevo también, para amar más y amar mejor.
Que este año, en mi, no se cumpla el "ojos que no ven, corazón que no siente", sino que mis ojos lo vean todo para que mi corazón vibre con pasión y busque entregarse, amar, servir y latir desenfrenadamente al sentir. Sí, que mis ojos vean y mi corazón se acelere emocionado, sobrecogido y extasiado por la belleza y la grandeza de la vida regalada cada día de esta historia que hoy termina para volver a empezar.
.jpg)

.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario